La Piedra Rosetta

30 enero 07

Aquel verano de 1799, en la población de Port Julien, junto a la antigua fortaleza de Rosetta, un grupo de soldados franceses se encontraban fortificando sus posiciones. Formaban parte de una expedición al mando de Napoleón, desastrosa en lo militar pero muy fructífera en lo científico.

Uno de los picos franceses, ocupado en excavar una trinchera, tropezó con algo duro. Seguramente el francés que se encontraba al otro lado del pico sintió fustración al creer haber encontrado una roca. Pero la decepción debió convertirse en satisfacción al examinarla y descubrir que tenía inscripciones en ella. El soldado había encontrado el pretexto que, sabía, le libraría del abrasador sol del agosto egipcio durante unas horas.

Acudió al oficial Dhautpoul para informarle de que había encontrado una piedra con extraños textos, y este mandó que se retirara el hallazgo con cuidado. El mismo oficial Dhautpoul advirtió que la piedra estaba escrita en tres idiomas, egipcio jeroglífico, un idioma que no supo identificar (se trataba de demótico) y griego. Se había encontrado la llamada Piedra Rosetta, probablemente el hallazgo arqueológico que más trascendencia haya tenido en la historia de las investigaciones sobre el Antiguo Egipto.

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La expedición francesa a Egipto era la primera gran operación en el extranjero de la Francia del Directorio, y estaban dispuestos a marcar un antes y un después. Los militares iban acompañados de gran cantidad de expertos científicos, con lo que se pretendía mostrar al mundo lo ilustrado de la joven República Francesa. Los expertos volverían deslumbrados por lo encontrado en tan lejanas tierras, e iniciarían en Europa la pasión por el Antiguo Egipto que, posiblemente, se puede decir que ha perdurado hasta la actualidad.

El texto en griego fue traducido al francés muy rápidamente, todavía en el mismo Egipto. A ningún experto se le escapaba la importancia del descubrimiento, podría ser la clave que permitiera descifrar los jeroglíficos egipcios. Inmediatamente los franceses realizaron varias copias de la inscripción. Copias que les serían muy útiles, porque tras su derrota frente a los ingleses, tuvieron que entregarles todas las obras artísticas que habían recogida (incluida la Piedra Rosetta), por lo que fueron esas copias las únicas que pudieron llegar a Francia.

El misterio de la Piedra Rosetta apasionaría a toda Europa durante años. El texto en demótico fue traducido relativamente rápido, basándose en el copto. De esta forma se demostraron dos importantes teorías, que el copto era un idioma procedente del idioma que hablaba los antiguos egipcios y que los tres idiomas que aparecían en la piedra Rosetta decían lo mismo.

El inglés Thomas Young, analizando la Piedra Rosetta y comparándola con otras inscripciones de las que se sabía el faraón que mencionaban, descubrió la forma como se escribían los nombres de los faraones en los textos jeroglíficos (en los llamados cartuchos). Gracias a ello, estudiando otros textos, consiguió identificar 204 palabras. Era la primera vez que se conocía alguna palabra jeroglífica.

Pero la traducción total la lograría un joven de tan sólo 18 años llamado Jean-François Champollion, del cual dice la leyenda que con 12 años ya había anunciado “¡Leeré, leeré los jeroglíficos cuando sea mayor!”.

A Champollion se le ocurrió una idea absolutamente revolucionaria. La de considerar que los jeroglíficos tenían un componente fonético (como nuestros alfabetos) y no sólo idiográfico (un símbolo = una palabra) como se daba por supuesto.

Recogió los jeroglíficos que Young había identificado como el nombre de Ptolomeo y observó que cada uno se correspondía con el dibujo de algo que, en copto, empezaba con una sílaba que unidas formaban la palabra Ptlomys. Repitió el experimento con más faraones de los identificados por Young, como Cleopatra, de la que leyó Cliopatra.

Emocionado con este descubrimiento, realizó la misma operación sobre todo el texto, pero descubrió que no siempre era válido. En realidad, el egipcio jeroglífico tampoco era una escritura puramente fonética, como la nuestra, sino un intermedio entre escritura alfabética e idiomática que, mediante distintos signos, indica al lector si debe ser leído de una forma o de otra. Una vez comprendido esto, la traducción salío por sí misma en muy poco tiempo. En 1822, el jovencísimo Champollion escribe una carta al secretario de la Académie des Inscriptions et Belles Lettres y en 1824 publicará su libro Précis du système hiéroglyphique des Anciens Égyptiens, 1.419 palabras jeroglíficas habían sido descifradas. Y gracias a ellas, y al método de Champollion otras muchas fueron descifradas en muy poco tiempo.

De pronto, los miles de textos jeroglíficos conocidos podían ser leídos, y un aluvión de información sobre el Antiguo Egipcio quedó al alcance de los investigadores europeos.

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Y Francia se rindió…

28 enero 07

22 de junio de 1940 la República Francesa, el símbolo de la libertad y la democracia, se rendía ante la Alemania Nazi.

En apenas unas semanas, el ejército francés, considerado el más poderoso del mundo, había sido derrotado, desmoralizado y humillado. Para comprender como es esto posible, debemos retrotraernos a la anterior guerra mundial, la Gran Guerra.

El 11 de noviembre de 1918, en el mismo vagón de tren y en el mismo lugar que 32 años después Francia se rendiría a Hitler, era muy distinta la situación. Mismos países, Alemania y Francia, pero opuestos resultados, eran por entonces los germanos los que se rendían ante la República Francesa. Entonces era Alemania la humillada.

Los franceses habían luchado con gran valor, habían sufrido una larga guerra en la que tuvieron que realizar increíbles sacrificios, pero habían ganado. Había sido un esfuerzo épico, heróico. Algo que recordaría la posteridad. Se habían hecho bien las cosas. Los generales que habían llevado a Francia a la victoria eran héroes.

En cambio, en Alemania, la cosa era muy distinta. Los alemanes habían sufrido lo mismo que los franceses en el frente, y más en la retaguardia, a causa de los bloqueos. Y encima, todo había sido en balde. Habían perdido la guerra. Todo se había hecho mal, desde el principio hasta el fin, la Gran Guerra al completo había sido un error. Los generales, y las tácticas utilizadas, habían resultado equivocados.

La postguerra fue muy dura para Alemania. El Tratado de Versalles pesó gravemente durante los años 20, pero se volvió insoportable apartir del Crack de Nueva York y la Gran Depresión subsiguiente. Los franceses sufrieron también la crisis, claro está, pero no de una forma tan dura.

Los franceses que tenían edad militar en 1940, eran los hijos de los que habían luchado en la Gran Guerra, y habían crecido oyendo los terribles relatos de las trincheras. La generación que votaba y trabajaba en 1940 era la misma que de jóvenes habían conocido el horror de la guerra. No querían una nueva, sabían muy bien lo que era y no querían enviar allí a sus hijos.

Los alemanes tenían ansia de venganza. Sabían que el estado de prostación que sufría Alemania se debía a su derrota y querían que una nueva guerra pusieran las cosas “en su sitio”.

Los franceses fueron a la guerra de mala gana y obligados. Los alemanes lo deseaban. Los franceses querían emplear las mismas tácticas que habían funcionado en la Gran Guerra, los alemanes venían con un montón de nuevas ideas que superaran los errores de aquellos tiempos.

Sobre el papel, la fama del poderío del ejército francés no era desmedida. “Menos mal que existe el ejército francés” había dicho Churchill unos años antes.

El frente francés del norte, donde se produjo la catástrofe, contaba con 144 divisiones francesas e inglesas, contra 140 alemanas. Los franceses tenían 2.300 tanques, a los que habría que sumar los 289 británicos mientras que los alemanes contaban con 2.580. Los aviones de caza franceses eran cerca de 2.000, frente a aproximadamente un millar de alemanes. La armada francesa, muy superior a la germana, no llegó a tener ninguna importancia real en el conflicto.

Lo dicho sobre la cantidad, también es válido para la calidad tecnológica. El armamento francés era perfectamente comprable con el alemán. De hecho, los tanques franceses eran superiores en blindaje y calibre a los alemanes.

Otra cosa muy distinta era la forma como cada uno de los dos bandos utilizaban sus respectivos recursos.

Francia había levantado la llamada Línea Maginot como forma de asegurarse que no iba a volver a ser invadida por Alemania. Se trataba de una impresionante (y carísima) línea defensiva que parecía totalmente inexpugnable. Pero había dos puntos que no estaban cubiertos por la Línea Maginot. Uno de ellos era la frontera con Bélgica, el otro era el llamado paso de las Ardenas. Una zona boscosa y pantanosa que los franceses consideraban infranqueable para un ejército moderno.

La Línea Maginot se había llevado la mayor parte del presupuesto francés de defensa de los últimos años, y sin embargo no sirvió de nada. Francia le declaró la guerra a Alemania cuando esta invadió a Polonia. Lo lógico habría sido realizar una ofensiva inmediata que sirviera para aliviar la situación de los polacos, tanto desde los criterios de la táctica moderna como de la antigua. Pero los franceses se quedaron tras la Línea Maginot. Con la cantidad de dinero que se habían gastado en ella, no iban a avanzar y establecer un frente fuera de ella.

Alemania pudo invadir a Polonia a placer, mientras tropas de infantería, con material anticuado, defendían su frontera de unos franceses que, por no atacar, ni si quiera lanzaban ataques aéreos (temían represalias de la luftwaffe). Una vez vencido el ejército polaco, pudieron concentrar sus mejores fuerzas sobre Francia.

Apesar de que se pensara que era imposible, Las Ardenas fueron cruzadas por las fuerzas alemanas. El estrechísimo paso elegido, por el que los tanques tuvieron que pasar de uno en uno, no pudo ser defendido por las escasísimas tropas francesas destacadas en el lugar.

Apesar de que la Línea Maginot había sido cruzada, los franceses todavía podrían haber contenido el ataque, si hubieran reaccionado a tiempo, pero no lo hicieron.

Los alemanes habían agrupado sus tanques en divisiones blindadas. Avanzando en estrecha colaboración con la aviación, los franceses no tenían nada capaz de parar tal concentración de blindados. En cambio, los franceses tenían sus tanques adscritos a la infantería, diseminados por todo el territorio. La consecuencia fue que, apesar de que los aliados contaban con más tanques que los alemanes, en todos los enfrentamientos de importancia los germanos contaron con una aplastante superioridad numérica.

El ataque sobre Francia fue dirigido por Guderian, un general de 52 años, fírmemente convencido de la importancia de la colaboración entre fuerzas aéreas y blindadas. Los franceses tenían en su más alto mando a Gamelin, un héroe de la Gran Guerra de 68 años, un gran general en 1914 que tenía sus capacidades mentales muy seriamente mermadas a causa de la sífilis.

Gamelin organizó su ejército a ejemplo de la I Guerra Mundial. Creó una infinidad de complicaciones burocráticas que a la práctica sólo sirvió para inmovilizar sus fuerzas. El ejército francés no utilizaba la radio, Gamelin apostaba por un sistema de mensajeros que se desplazaban en moto. Los blindados franceses casi, casi, estaban aparacados inactivos, Gamelin no creía en ellos. Las fuerzas terrestres y la aviación no tenían ni la más evidente coordinación, todas las decisiones debían pasar por Gamelin en París, lo que implicaba uno o dos días después. Aproximadamente dos tercios de los aparatos de aviación francesa nunca llegaron a despegar.

Pero lo peor sucedió cuando la tensión acució sus crisis mentales, que habían pasado desapercibidas. Gamelin alarmó a sus generales cuando estos comprobaron que el general en jefe sufría pérdidas de memoria y en ocasiones confundía el conflicto que estaban viviendo con la Gran Guerra.

Cuando los alemanes lanzaron su gran operación, la crisis dejó en evidencia la inectitud de Gamelin. El mando central diseñaba líneas defensivas que ya habían sido cruzadas mucho antes de que se emitieran las primeras órdenes para formarlas.

El gobierno francés, aterrado, sólo tuvo claro que había que destituir a Gamelin. Sin saber que hacer, llamaron a otro héroe de la I Guerra Mundial, Petain, de 84 años que ocupó el cargo de vicepresidente. Su primera decisión fue sustituir a Gamelin por Weygand, de 73 años. Grandes generales en el conflicto anterior, pero seguramente no las personas adecuadas para proporcionar el imprescindible revulsivo que necesitaban las fuerzas francesas.

Petain y Weygand nunca creyeron que existiera ninguna posibilidad de victoria. Su ideología de extrema derecha les hacía pensar que la rendición ante Alemania, en realidad, no era tan mala. Cuando el alto mando está convencido de que no existe ninguna posibilidad de victoria, difícilmente podría aumentar la moral de los combatientes.

A diferencia de Gamelin, y apesar de su edad, tanto Petain y Weygand eran muy inteligentes. Y fueron muy eficaces como agentes derrotistas. Cuando Churchill intentó pelotearle recordándole una de sus principales victorias en la I Guerra Mundial, Petain le respondió recordándole a su vez que por entonces contaba con una reserva de cincuenta divisiones, cifra equivalente a las fuerzas expedicionarias que Gran Bretaña había enviado en apoyo a Francia, mientras que en la actualidad Francia carecía de reservas y tan sólo había dos divisiones británicas en combate.

A favor de ellos hay que reconocerles que consiguieron asegurarse de que la flota francesa no pasara a ser controlada por los alemanes. Si no hubiera sido así, seguramente Gran Bretaña hubiera tenido aún mucho más dificil su supervivencia los meses subsiguientes.

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Alejandro se presentó ante Tiro

26 enero 07

El asedio de Tiro por Alejandro Magno era uno de los hechos de armas más conocido de la antigüedad, sin embargo no es tan conocido entre el gran público de la actualidad. Posiblemente por lo poco cinematográfico que tiene un asedio.

Era Alejandro hijo de Filipo de Macedonia, un rey que había convertido su montañés reino guerrero en la potencia hegemónica de Grecia.

El hijo no guardaba una buena relación con el padre, y Alejandro decidió superar los logros de Filipo. Pocas veces un hijo ensombrece a un gran padre, pero efectivamente fue el caso. Una vez dominada Grecia, sólo había una forma de superar los logros de Filipo. Invadir al Imperio Persa.

El Imperio Persa era todo un mundo en sí mismo. Desde el Indo hasta el Bósforo, desde Afganistán hasta Egipto, los dominios del Gran Rey eran la formación política más grande que jamás había existido en el mundo conocido por los griegos. Pero, en los tiempos de Alejandro, el Imperio Persa ya no era la formidable potencia que había llegado a arrasar Atenas. Los atenienses habían disputado su dominio sobre las ciudades helenas de Asia Menor (actual Turquía), incluso un ejército de mercenarios griegos habían regresado desde Persépolis hasta el Mediterráneo sin que el Gran Rey pudiera impedirlo.

Eso sí, una cosa era vencer en operaciones audaces a ejércitos concretos del poderoso Imperio Persa y otra muy distinta invadirlo y destruirlo. Cuando las fuerzas de Alejandro derrotan al Gran Rey en persona en la batalla de Issos, todo el mundo lo considera el culmen de lo alcanzable. Pero Alejandro quiere continuar. Dos posibilidades se abren ante él. La más inteligente probablemente sería seguir las conclusiones que había deducido de la lectura de la Anabasis y continuar con un ataque rápido contundente que impidiera a los persas aprovechar sus inmensas pero dispersas fuerzas (hoy lo llamaríamos blitzkrieg). La otra opción era girar hacia el sur y arrebatarle al persa el dominio de las ciudades fenicias e, incluso, de Egipto impidiendo así cualquier posible ataque futuro contra Grecia.

Alejandro, quizás confiado en su capacidad para ganar cualquier batalla, se dirigió hacia el sur, dándole a los persas tiempo para recuperar sus fuerzas. Oportunidad que los persas no aprovecharon, pero eso es tema para otro artículo.

El avance de Alejandro hacia el sur empezó siendo muy prometedor, los fenicios no podían imaginarse tener que enfrentarse a los griegos por tierra y las grandes ciudades, con Biblos y Sidón a la cabeza, se fueron rindiendo… hasta que las fuerzas macedónicas alcanzaron Tiro.

Confiaba Tiro en su fama de invulnerabilidad. Se consideraba (y se siguió considerando hasta los tiempos de las Cruzadas) prácticamente inexpugnable. La ciudad se encontraba sobre una isla a setecientos metros de la costa. La isla, a su vez, estaba rodeada por una muralla de 45 metros de altura que se alzaba justo donde empezaba el mar. Dentro vivía una de las principales poblaciones fenicias, abastecida y defendida por una de las más nutridas flotas del Mediterráneo. Nada parecería vencer a los tirios, si estos estaban dispuestos a resistir… Y la intención de resistir por parte de los tirios quedó de manifiesto cuando Alejandro les envió unos embajadores con la primera propuesta de rendición y estos fueron arrojados al mar desde las murallas.

Sin duda debió ser un momento complicado para Alejandro. El secreto del éxito contra los persas era la velocidad, detenerse meses y meses frente a Tiro era peligroso. Pero una vez ahí, no podía retroceder. Era Alejandro, nada servía más para aguzar su orgullo que el que algo tuviera leyenda de ser imposible. ¿Era imposible asaltar Tiro? él demostraría que no lo era.

Se inició el sitio de Tiro.

La táctica a seguir para tomar la ciudad, era clara. Sin una flota capaz de bloquear los dos puertos de la isla, no podría contar con la rendición por hambre. También era imposible el asalto marítimo por el mismo motivo. Sólo podría tomar la isla mediante un ataque por tierra. Y para ello debía convertir el mar en tierra.

Un ejército de zapadores recultados a la fuerza entre los habitantes de la zona, bajo la dirección de Diades (del que se dijo que “fue el hombre que tomó Tiro con Alejandro”) iniciaron la construcción de un enorme dique capaz de llegar hasta la isla. Para ello se dedicaron a clavar en el agua grandes estacas y troncos que rellenaron con piedras y tierra.

Pero los tirios no estaban por la labor de quedarse sentados comiendo altramuces mientras los zapadores de Diades les acercaban poco a poco al continente. Grandes artefactos empezaron a lanzar enormes piedras contra la construcción y sus obreros. Los barcos tirios se acercaban peligrosamente lanzando nubes de flechas.

Los macedonios por su parte, construyeron manteletes de tela y piedra que sirvieran de cobertura a sus trabajadores, y colocaron en el extremo del dique dos grandes torres de madera equipadas con catapultas. No se sabe como se las ingeniaron para que las torres avanzaran con la construcción, probablemente estuvieran dotadas de ruedas.

Hasta que un día los fenicios cargaron uno de sus barcos más grandes con pez y azufre y lo lanzaron, aprovechando un fuerte viento faborable, contra la construcción. El buque iba muy cargado en la popa, de tal forma que la popa iba levantada y gracias al fuerte impulso y su fondo plano, se “montó” sobre el espigón varios metros. Las trirremes tirias empezaron entonces a lanzar todo tipo de material incendiario sobre la construcción, y grupos de soldados aprovechaban la confusión para desembarcar en puntos estratégicos matando a grupos de trabajadores y extendiendo el fuego. Por si fuera poco, cuando los tirios se retiraron un fuerte temporal acabó con lo que quedaba. En un sólo día, se destruyó el trabajo de meses.

Pero no iban los macedónicos a darse por derrotados. Inmediatamente se empezó a construir un nuevo dique, esta vez más al norte (mejor protegido de los vientos) y de mayor embargadura. Las estacas eran ahora de mayor tamaño, la tierra de relleno era sustituida por piedra y cada pocos metros se construirían torres fijas que mantendrían permanentemente batallones de catapultas y arqueros.

Pero una nueva y desagradable sorpresa le esperaba a los defensores de la isla. Mientras realizaron una salida de rutina con su flota, avistaron buques enemigos. En un primer momento se prepararon para enfrentarlos, pero quedaron sobrecogidos al ver su gran número y decidieron refugiarse en puerto. Alejandro había obligado a las demás poblaciones fenicias a unir su flota al esfuerzo bélico y, apartir de ahora, los tirios encontrarían una fuerte oposición naval.

La necesidad agudiza el ingenio, y los defensores ensayaron nuevas tácticas. Valientes nadadores se deslizaban de noche por la muralla para acercarse hasta los pilares del dique, atándolos a cabos de los que se tiraba desde la ciudad, para desestabilizar la construcción. Los macedonios por su parte unieron varios barcos y colocaron sobre ellos grandes torres de asalto que acercaban hasta la muralla con la intención de asaltarla. Como respuesta a esta amenaza, los isleños construyeron grandes grúas que soltaban rocas sobre los barcos que se acercaban demasiado y arrojaron frente a la muralla grandes piedras que dificultaran la navegación. Los macedonios empezaron a atar cabos a las pierdas para arrastrarlas con los barcos a donde no molestaran. Los tirios a su vez enviaron buceadores que cortaran las cuerdas. Pero nada pudieron hacer cuando las cuerdas fueron sustituidas por cadenas.

El ingenio demostrado por unos y otros resultó inagotable. A falta de aceite, los tirios calentaban arena de playa que se deslizaba por entre la coraza y el cuerpo, provocando horribles quemaduras. La muralla fue reforzada con todo lo que se encontró y, a falta de otra cosa, cubierta con sacos llenos de algas que sirvieran para amortiguar los impactos de las piedras asaltantes.

Pero el dique seguía y seguía acercándose. Viendo la guerra perdida, los tirios intentaron romper el bloqueo de la flota enemiga con la intención de huir hacia Cartago. Aprovechando la sorpresa cerca estuvieron de hacerlo pero las fuerzas macedónicas respondieron con gran velocidad impidiéndolo.

Finalmente, el dique fue finalizado y grandes torres de asalto avanzaron por él para salvar la muralla. El asalto fue rechazado, no sin cierta dificultad. Pero vendrían nuevos ataques.

Entonces Alejandro decidió dar descanso durante un par de días a sus tropas, por motivos no conocidos. Probablemente lanzara un ultimatum a la población antes de realizar el asalto final.

Este se realizó por cuatro puntos, siete meses llevaban los macedónicos detenidos ante Tirio, no iban a escatimar esfuerzos ahora que estaba tan cerca la victoria. La flota se dividió en tres partes que intentaron el desembarco por ambos puertos y por un sector de la muralla que se encontraba especialmente dañado, el cuarto ataque se realizaba desde el dique. El primer grupo asaltante con éxito fue el de aquellos que atacaban desde el mar la muralla. Fueron capaces de terminar de destruir la muralla, desembarcar entre los escombros y contactar con las fuerzas que atacaban desde el dique. La suerte de la ciudad estaba echada.

Los macedónios perdonaron la vida a aquellos tirios que se refugiaron en los templos (mujeres y niños principalmente) lo que no impidió que 8.000 tirios murieran aquel día, según Arriano. Los sobrevivientes fueron vendidos como esclavos, salvo los ciudadanos cartagineses que se encontraban en la ciudad (Alejandro no quería problemas diplomáticos con la gran potencia naval) y unos quince mil tirios que, según se dice, fueron escondidos por los marinos de Sidón, ciudad que tradicionalmente había sido aliada de Tiro aunque en esta ocasión fuera obligada a prestar su flota a Alejandro. El dique construido por los atacantes se quedó allí, y con el tiempo acabó formando un itsmo. Tiro nunca más sería una isla.

Poco después de Tiro, Alejandro todavía tuvo que sostener otro sitio en Gaza, esta vez de tan solo dos meses. Después de ocupar ambas ciudades, la flota fenicia nunca más sería una amenaza para los griegos y las puertas de Egipto se le abrieron de par en par. Mientras tanto, los persas seguían derrochando la tregua que les concedía su enemigo.

Quizás, contra un enemigo más habil, todo el tiempo perdido sitiando Tirio podría no haber sido considerado como una gran hazaña bélica sino como el mayor error que Alejandro pudo cometer.
Nunca lo sabremos.

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Las primeras monedas cristianas… con textos en árabe

24 enero 07

Corría el sXI. La Península Ibérica estaba ocupada por una serie de reinos cristianos (en su tercio norte) y unos cuantos reinos musulmanes (el resto del territorio). A causa de su mayor belicosidad, los reinos del norte habían obligado a los del sur a pagar un tributo anual, las parias.

Por medio de este chantaje (o nos pagas tú o vamos nosotros y lo cojemos), empezó a afluir hacia la Europa cristiana una gran cantidad de moneda en oro y plata que tras pasar por manos del rey, iba redistribuyéndose y poniéndose en circulación, alcanzando algunas lejanos países, como Suecia o Polonia. Puede parecer hoy en día un poco extraño, pero en el fondo es muy sencillo. Por aquel entonces las monedas valían su valor en metal precioso, los romanos habían experimentado con monedas de valor más alto al de su metal (como las actuales) pero tal avance había sido abandonado.

Valiendo las monedas lo que pesaban, circulaban libremente de país en país. En realidad, ¿qué importancia tenía el país que la acuñara? hoy en día, una moneda extranjera no suele circular por otro país, sin embargo entonces era algo muy habitual. Las monedas de origen islámico eran de gran calidad, y se volvieron rápidamente las más prestigiosas que pudieran obtenerse en el norte de la península.

Pero, a finales del sXII, los reinos de taifas se liberaron de su obligación de pagar parias (desarrollaron un ejército equivalente al de los norteños, vamos) y el rey de Castilla, Alfonso VIII, se vio obligado a crear su propia moneda ante el riesgo de paralización del comercio castellano. Había nacido la primera moneda castellana.

Pero claro, no se puede crear una moneda desde cero y pretender que tenga prestigio. Lo más fácil es copiar una ya conocida. El maravedí árabe por ejemplo. Ventajas de unos tiempos en los que no existía la SGAE.

El maravedí castellano de Alfonso VIII era un plag… un homenaje del árabe. No sólo por tener la misma cantidad de oro (3.80 gramos) sino que, al igual que las monedas islámicas, no tenían ilustraciones (por motivos religiosos, en el caso islámico). En vez de ilustraciones y de ponernos el típico careto del rey de turno, aquellos maravedíes estaban cubiertos por textos… en árabe. Que le vamos a hacer, una moneda en latín no sería igual de prestigiosa.

Si alguien consiguiera una de estas monedas (advierto que son carillas), podría leer en un perfecto árabe el siguiente texto: “El príncipe de los católicos Alfonso hijo de Sancho ayúdele Dios y protéjale”, “el imán de la Iglesia cristiana el Papa de Roma la Mayor”, “Se acuñó este dinar en Toledo año 1213 de la Era de Safar” (1175 después de Cristo), “En el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo el que crea y sea bautizado se salvará”.

Los maravedís cristianos, en sus distintas versiones (incluyendo plata y cobre) circularon por la Península hasta su definitiva retirada en tiempos de Isabel II (sXIX). Pero sospecho (aunque no lo sé) que con el tiempo los textos en árabe se irían dejando de lado a favor de otros “en cristiano”.

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Isabel la pechu… la católica

23 enero 07

Vale, lo reconozco, este artículo más que un artículo… es una gamberrada. Ya me conocéis 🙂

Pocos personajes de la historia española han sido tan mitificados como Isabel I, conocida como la Católica. Podrían escribirse páginas y páginas sobre sus supuestos méritos como política y economista que, ni de lejos, se ajustan a la realidad. Pero eso lo dejo para otro día, que es más aburrido, hoy voy a hablar de la visión que se nos ha trasmitido de ella como mujer sosa y austera, capaz de no cambiarse de camisa mientras durara el asedio de Granada, ¡Ja!

Ya con dieciseis añitos nos aparece bailando ante la corte junto a sus damas de compañía, vestidas todas ellas de musas que suplican a los altos dioses por el hado del hermanito de Isabel. No muy bien suplicado, habría que deducir, ya que el pobre chaval murió poco después. Pero el gusto del baile lo llevaba en el cuerpo, apesar de las recriminaciones de su confesor Fray Hernando de Talavera del que se conserva una encendida carta recriminatoria sobre la descocada forma como celebró en Barcelona la toma de Granada.

Lejos de su imagen de austeridad, los libros de contabilidad de Palacio que se conservan nos muestran importantes partidas dedicadas a la ropa de la reina, sus calzados y sus peinados, que no había semana que nos cambiara de peinado la mujer.

Era su ropa de la más lujosa calidad y de la más amplia variedad, oscilando entre el gusto castellano-morisco y el francés que empezaba a ponerse de moda. Poseía la Reina nutridos dones que gustaba insinuar con amplios escotes y uso y abuso de las transparencias. Pero su perdición eran los llamados verdugos, esqueletos metálicos que ahuecaban las faldas incitando las críticas de la iglesia. El mismo confesor de la reina, ya mencionado, defendería ardorosamente la necesidad de su prohibición “por tratarse de un hábito muy vano y sin provecho, ya que ni cubre ni abriga; además de ser muy deshonesto y muy desvergonzado, porque muy ligeramente descubre y muestra las piernas, pies; las cuales partes, la naturaleza, uso común y universal de todo el mundo desde el principio del, quiso que las mujeres traxesen cubiertas, guardadas y ocultas”

Era la católica reina de Castilla y reina consorte de Aragón amante de la buena música y gustaba de viajar siempre acompañada por un discreto cortejo entre los que encontramos 20 cantantes, 2 organistas y de unos 15 a 20 muchachitos para hacer coros.

Pero quizás su más íntimo pecadillo era su gran gusto por las novelas sentimentales y libros de caballería. Poseía, incluso, obras que eran consideradas de caracter erótico e incluso una biografía de Esopo ilustrada con dibujos obscenos.

No hagais caso a los carcas, nuestro “glorioso pasado” no fue tan gris como ellos lo pintan 🙂

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Ya no hay Dios. Ya no hay Zar

22 enero 07

En 1900 Rusia era el país más atrasado de Europa. No sólo a nivel de infraestructuras, sino principalmente en su mentalidad, absolutamente feudal. Hasta la atrasada España había pasado ya por varias desamortizaciones y había transformado sus siervos en obreros rurales.

En cambio, en 1917 Rusia sorprende al mundo realizando una revolución sin precedentes que coloca a un gobierno obrero en el poder. ¿Qué ha podido pasar en medio? Desde luego, pasaron muchas cosas, pero la más importante seguramente sucediera el 22 de enero de 1905. El domingo sangriento. Aquel día, Rusia entró de la forma más violenta posible en el sXX.

Era el pueblo ruso un pueblo ingenuo. Todos los males que sufrían era, sin duda, por culpa de malos administradores y nobles malvados, el padrecito Zar, el batiushka, había sido designado por Dios y no podía tener la culpa de nada. Si se producía alguna maldad, sería siempre aprovechando de la buena fé o del desconocimiento del Zar, bastaría comunicarse con él para que acudiera presuroso a resolver el entuerto. Era una mentalidad más propia de los siglos XVI-XVII, pero todavía funcionaba.

Pero algo empezaba a romperse en el seno de la tradicional sociedad rusa. La industrialización, todavía escasa, había traido consigo las primeras organizaciones obreras que, aunque en manos de la Iglesia Ortodoxa, tuvieron un importante papel en la expansión del socialismo en Rusia. La guerra contra Japón había acelerado el empobrecimiento de los obreros y campesinos por igual y ya el 20 de diciembre de 1904 se habían iniciado una serie de huelgas que amenazaban con paralizar el país. En enero, 120.000 huelguistas se concentraron en San Petesburgo y aquel fatídico 22, marcharon hacia el palacio imperial.

Los obreros, con sus mujeres y sus hijos, acudían a pedirle al padrecito Zar que les escuchara, que viera su sufrimiento y se apiadara de ellos. Había aire de fiesta. No había armas. Por no haber, no había ni banderas ni discursos. Llevaban icónos religiosos, y los sacerdotes iban con ellos. La guardia de palacio respondió con fuego de fusilería.

La matanza fue un jarro de agua fría para todo el pueblo ruso. La imagen del padrecito Zar se vino abajo. Hasta el punto de que el cura ortodoxo Georgi Gapon publicaría una escrito esa misma noche diciendo: “A los soldados y a los oficiales que asesinan a nuestros hermanos inocentes, a sus mujeres y a sus hijos, a todos los opresores del pueblo, mi maldición pastoral. A los soldados que ayuden al pueblo a obtener la libertad, mi bendición. Les eximo de su juramento de soldados hacia el zar traidor que ha ordenado verter sangre inocente. Ya no hay Dios. Ya no hay Zar.

Si el Zar recibe su derecho de Dios, la guerra contra el Zar es guerra contra Dios.

La revuelta se extendió por toda Rusia, especialmente cuando empezaron a llegar las noticias de las derrotas sufridas en el Pacífico (en febrero Rusia era expulsada por los japoneses de Manchuria, en mayo la flota rusa era derrotada en Tshushima). El régimen del Zar no sólo era injusto, sino además ineficaz. De todo el Imperio llegaban noticias de rebelión, en Polonia y Georgia la protesta se unía a las pretensiones nacionalistas, en Odessa la tripulación del Acorazado Potenkim iniciaría la aventura que años después inmortalizaría el genial Eisenstein.

La respuesta gubernamental llegó en forma de mayor represión. “Responder al terror con terror” diría el Zar, pero ante la fuerza del movimiento revolucionario, el gobierno se vió obligado a realizar algunas cesiones. Así nació la Duma, primer parlamento ruso que, sin embargo, nunca tuvo un verdadero poder político.

Tras el acuerdo entre el Zar y la burguesía (los octubristas), el movimiento fue desinflándose. No era el momento para una revolución. El Zar, paternalista, otorgaría su bondadoso perdón a la clase obrera “confío en el honor del sentimiento de los obreros y en su lealtad hacia mi persona; por eso les perdono su falta”. Pero Rusia ya nunca volvería a ser la que era antes del Domingo Sangriento.

Como dijo Marc Ferro, si el zar había perdonado a los obreros, éstos no le iban a perdonar nunca lo sucedido. El propio Zar lo descubriría años más tarde, al ser fusilado junto a su familia a manos de una milicia obrera.

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Anne Bonny y Mary Read, mujeres y piratas

21 enero 07

En noviembre de 1720, la flota británica capturó un barco pirata y condujo a su tripulación a recibir juicio en Jamaica. Nada fuera de lo común hasta que la puritana sociedad de su tiempo descubrió escandalizada que dos de aquellos terribles piratas, y no precisamente los menos crueles… ¡eran mujeres!.

Muchas veces la realidad supera la ficción, esta es una de esas historias.

Anne Bonny nació en Kinsale, Irlanda. Ya su primera infancia tendría tintes novelescos ya que su padre era un importante abogado y su madre… la criada de este. Ambos enamorados tuvieron que huir del acoso de la sociedad y la insultada esposa legítima del abogado, emigrando a Carolina, en los actuales Estados Unidos, donde empezaron una nueva vida como marido y mujer.

La muchacha tenía un caracter dificil. Ya se sabe, caprichos de adolescente, ganas de salir con chicos, ropa un poco más descocada de lo que le gustaría a sus padres, una profesora a la que degolló con tan solo 16 años, en un ataque de furia… Un angelito.

El padre decidió casarla (no sabemos bien si para hacerla sentar la cabeza o para quitársela de encima) pero Anne se adelantó uniéndose con el viejo Bonn, un pirata fracasado que le doblaba en edad. Esta vez el padre sí que se puso furioso, que una cosa es andar por ahí degollando profesoras y otra muy distinta deshonrar el apellido. La joven Anne quedó desheredada y se vió obligada a emigrar con su nuevo marido a Nassau (Bahamas) donde inició una nueva vida como tabernera. Acaba de cumplir 20 años.

Pero la vida de la taberna se le volvía interminable a la joven Anne y decidió dar un nuevo giro a su vida convirtiéndose en pirata. Como ningún capitán aceptaba mujeres entre sus hombres, acabó vistiéndose de hombre. Y de tal guisa se enroló en el barco de John Rackam, conocido como Calico Jack, un pirata que había conseguido su barco de la forma más legítima posible para un pirata (había convencido a la tripulación para que abandonara en una isla desierta al anterior capitán, un noble llamado Charles Vane que se había metido a pirata por aburrimiento). De resultas de tal viaje, Anne quedó embarazada del propio Jack, de lo cual imagimanos que no mantuvo su disfraz mucho tiempo. Sin embargo, seguramente debido a la las malas condiciones del viaje marino, acabó abortando y nunca se recuperaría de ello.

Poco a poco, la suerte fue sonriendo a la pareja de piratas que fue capturando cada vez presas mayores. En una de estas operaciones encontraron un joven llamado Mark Read, que se ofreció a unirse a la tripulación pirata. Se trataba de un chico joven muy atractivo, tanto que Rackam acabó sintiendo celos de él… hasta que se descubrió que en realidad su verdadero nombre era Mary Read, y dicen que entonces la situación dio un giro de 180 grados y fue Anne la celosa.

Mary Read tampoco había tenido una infancia al uso. Su madre era la esposa de un marino londinense con el que había tenido un hijo y que un día zarpó y nunca regresó. Empujada a la miseria, la joven esposa tuvo que buscarse un protector, que a su vez la abandonó cuando se quedó embarazada de Mary.

Desesperada, la pobre mujer tuvo que acudir a la familia de su marido, y su suegra acabó concediéndole un subsidio que le permitiera alimentar a su pequeño nieto. Pero el niño murió, y para seguir recibiendo el subsidio, la pobre madre tuvo que vestir a su hija con las ropas de su hijito muerto. Mary se había convertido en Mark.

Mary le vio le gusto a eso de vestir de hombre y empezó a buscar trabajo como tal. Con apenas 13 años, Mary empezó a trabajar de paje, no le gustó y se enroló en un barco. Por entonces estalló la guerra de la Gran Alianza y Mary no quiso perdérsela sirviendo primero en la infantería y luego en la caballería británica. Allí se enamoró de un joven soldado llamado Fleming con el que acabaría casándose y teniendo una vida de marido y mujer (al uso) como dueños de una taberna en Breda. Pero la guerra se acabó, y con ella la clientela, y por si fuera poco, el joven marido murió dejando a Mary sin ningún motivo para quedarse en Holanda. Volvió a vestirse de hombre y embarcó hacia las Américas. Donde sería capturada por el barco de Rakam y Bonny.

Los piratas de John Rakam se dedicaron a sembrar el terror por las aguas del Caribe. Mary se lió con otro pirata, y estando embarazada tuvo que batirse en duelo por él. Otro pirata le había retado, y digamos que ella no confiaba mucho en el esgrima de su amado. Seguramente haya más casos, pero es el único que yo conozca en el que una mujer luche en duelo por su amor.

Poco después, tendrían mala suerte y serían capturados. El delito de pirata sólo tenía un castigo, la horca. Y el hecho de ser mujer, lejos de servir para reducir la pena, le pareció al tribunal un agravante particularmente horroroso.

Pero Mary estaba visiblemente embarazada y eso le permitió dilatar su ejecución hasta el nacimiento dle niño. Anne, podría ser muchas cosas, pero tonta no. Así que inmediatamente “confesó” estar también preñada y gozó de la misma próloga. Desgraciadamente, Mary murió antes de dar a luz víctima de unas fiebres, pero Anne consiguió escapar de prisión sin que se sepa nada más sobre su vida.

Personalmente, apostaría a que murió como uno más de los piratas anónimos que surcaban aquellos mares.

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