Lucrecia de León, una soñadora contra Felipe II

Me resulta maravillosa la forma como, incluso en las condiciones más hostiles, siempre existen personas capaces de superar los obstaculos y participar en la vida política por vías no convencionales. Es el ejemplo que nos ocupa.

Lucrecia de León; analfabeta, plebeya y mujer, difícilmente podría pintar nada en la España del imperio en el que no se ponía el Sol. Hija de un mercader, no se esperaba de ella más que el encontrar un buen casamiento y es por ello que nunca llegó a aprender a leer. Sin embargo, la muchacha era inteligente y despierta, y desde pequeñita se empapó de las ideas políticas de su padre, al cual no le hacían gracia las políticas imperialistas de Felipe II. No es de extrañar si tenemos en cuenta que su demencial política estaba destruyendo el comercio y la industria castellana.

Con dieciseis años, Lucrecia tendría la oportunidad de conocer en persona al mismo rey-emperador y a su pequeño hijo, el futuro Felipe III. Entró al servicio de una dama de la corte, y tuvo la oportunidad de conocer a las grandes personalidades del momento, aunque fuera desde la distancia que debe mediar entre un sirviente y un alto personaje. De esta forma, sirviéndoles, desarrolló un mayor odio hacia la monarquía y hacia todo el conjunto de poderosos nobles que vivían en el despilfarro mientras la miseria se adueñaba de los territorios que gobernaban.

En algún momento de su adolescencia, Lucrecia comenzó a tener sueños profeticos. O a afirmar que los tenía. Su padre, hombre de mundo, no quería problemas con la Inquisición y le prohibió a su hija tener ningún tipo de sueño ni, mucho menos, hacerlos públicos. Pero la hija no le hizo caso y su fama fue creciendo y creciendo. En aquellos tiempos, que Dios se apareciera ante una doncella joven y virtuosa y le declarara parte del futuro, era algo totalmente verosimil y digno de crédito.

Pero sus sueños no eran sueños ordinarios, eran sueños relativos al futuro de las Españas. Y pronto se vio atraído por él un curioso personaje que tendría gran importancia para Lucrecia. Se trataba de Alonso de Mendoza, canónigo de la catedral de Toledo y miembro de una familia de Grandes de Castilla.

Alonso de Mendoza pertenecía al grupo de nobles que se oponían a las grandes aventuras extranjeras en que los Austrias habían introducido a Castilla y todo aquello que pudiera ser usado contra el Rey llamaba su atención. Dada su posición, le fue fácil arreglarlo para convertirse en el confesor de la doncella y durante tres años registró diariamente sus sueños junto a un ayudante.

Se conservan todavía las anotaciones que realizó Alonso de Mendoza de aquellos sueños, y sin duda sorprende mucho la cantidad de ellos y su longitud. Sólo en marzo de 1588 Lucrecia afirmó haber tenido 39 sueños de caracter profético. Y en enero del mismo años, 35. Alonso afirmaba creer en la inspiración divina de los sueños y que él tan sólo era el transcriptor. Lucrecia por su parte, decía que ella tan solo soñaba, y que no entendía sus sueños. Nunca sabremos exactamente que porcentaje de creación de los sueños tenía cada uno. Es posible que ninguno se creyera nada, sino que ambos vieran la forma ideal de aprovecharse del otro para conseguir mayor peso político.

Los sueños de Lucrecia empezarían a llamar la atención de grandes personalidades de la Corte, especialmente desde que predijo con un año de antelación la destrucción de la Armada Invencible.

Los cercanos al rey, por su parte, empezarían a preocuparse cuando empezaron a aparecer sueños como el del 2 de marzo de 1588: Felipe II, dormido en su silla, tiene una placa en la mano derecha donde se lee “el descuido”. Los insectos entran y salen de su boca. En la frente está escrito “corto ha quedado en la fe”. Su mano izquierda sujeta otra placa “cobdicia”. En el pie otra que dice “largo en seguir pasos de bestia” y sobre la cabeza “variedad te lleva a lo hondo”. Poco después soñaría a Felipe II como Don Rodrigo, el rey visigodo que fue derrotado por los musulmanes en 711. Y tendría sueños en los que las Españas fueran destruidas por sus enemigos y el mismo Sultán Turco entrara en Madrid con un ejército a lomos de rinocerontes, castigo enviado por Dios a causa de la impiedad del Rey.

En una sociedad supersticiosa, donde mucha gente creía que los sueños de Lucrecia eran propiciados por el mismo Dios, sólo era cuestión de tiempo que la Inquisición interviniera.

El juicio fue largo y repleto de irregularidades, lo cual demuestra el apoyo que había llegado a alcanzar Lucrecia en la corte. Pero no era Felipe II un rey que se andara con tonterías y el inquisidor encargado del caso se vio obligado a dimitir cuando daba muestras de pretender absolverla.

Con unos nuevos inquisidores totalmente hostiles hacia ella, Lucrecia se mantuvo firme en que los sueños los había tenido y no los había inventado. Y que ella tan sólo era una inocente doncella que ni si quiera los comprendía. Mantuvo esta postura incluso bajo tormento, y únicamente reconoció que los monjes que habían transcrito sus sueños podrían haber aportado algo de su parte.

Estos a su vez alegaban que tan sólo recogían lo que ella decía, con la intención de dejarlo a las autoridades competentes para que estudiaran si eran sueños ciertos o falsos.

Hubo división entre los inquisidores, sobre si la culpa era de unos o de otros y al final Lucrecia fue castigada a cien azotes (suaves), dos años de confinamiento en un convento y exilio permanente de Madrid. Es una pena increiblemente suave, teniendo en cuenta que el mismisimo Felipe II iba contra ella. Una señal del sorprendente apoyo que había conseguido Lucrecia en la Corte.

Cuando Lucrecia sale de Madrid, sale también de la historia, y no sabemos que pudo ser de ella. Se ha aventurado que podría haber entrado al servicio de alguna casa noble amiga de alguno de sus valedores.

Todavía hoy, se discute la autenticidad de los sueños de Lucrecia. Sus pretensiones de ser una inocente doncella que nada sabía de lo que soñaba se contradice con lo que cuentan sus íntimos, que la describen como mujer despierta, sumamente inteligente, y que parecía meditar cada palabra que salía por su boca. Por otra parte, sus sueños parecen tremendamente verosímiles y hay quien ha mostrado serias explicaciones psicológicas (el Felipe II de sus sueños podría ser la extrapolación del padre de Lucrecia, hombre autoritario). Es posible que un poco de todo hubiera, que Lucrecia se inspirara en sueños reales y que sus transcriptores incluyeran también su propia cosecha. Pero también es posible que los sueños fueran auténticos y tan sólo el reflejo de una mentalidad sumamente imaginativa y cargada con el profundo odio hacia el Rey que le habían inculcado primero su padre y después sus consejeros.

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Una respuesta a Lucrecia de León, una soñadora contra Felipe II

  1. Tonisan dice:

    ¿39 sueños en un mes!

    Ah, claro, en la España del XVII la siesta debía ser más frecuente que hoy día.

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