Haití 1804: La primera República negra

27 septiembre 08

“Derrocadme, sólo se ha abatido en Santo Domingo el tronco

del árbol de la libertad de los negros; volverá a brotar

de sus raíces.”

Toussaint Louverture

Existe la extraña impresión de que los esclavos negros de América realizaron pocos intentos armados por vencer su situación, víctimas de una mansedumbre supuestamente propia de las razas africanas. Y sin embargo, las revueltas violentas de esclavos negros en América, desde Brasil hasta los EEUU, superan abundantemente el centenar. Algunas de ellas, en Venezuela y en Brasil, llegaron a controlar territorios que actuaban como estados y que, incluso, en alguna ocasión llegaron a ser reconocidos durante varios años por las autoridades coloniales.

Desarraigados de sus lugares de origen, los negros de Haití se vieron forzados a elaborar un sentimiento de comunidad utilizando, precisamente, la definición que les daban sus opresores, la negritud. Orgullosos de ser negros, empezaron a juntar lazos que les permitiera resistir eficazmente. Ante las multiplicidad de lenguas, adoptaron el francés que los blancos les habían obligado a aprender. Ante la música de los franceses, un popurrí de músicas de distintas tribus africanas. Ante el catolicismo, el vudú, una mezcla de religiones africanas.

Las autoridades coloniales, asentadas en una mentalidad profundamente racista, no eran capaces de comprender la amenaza que significaba este sentimiento de unidad entre sus esclavos. Se sabían arropados por su poderosa metropoli y la aplastante superioridad numérica de sus esclavos no les parecía un asunto preocupante.

Pero ¿qué pasó cuando la poderosa metrópoli tuvo que dejar de arroparles?

En 1789 estalla la Revolución Francesa, un suceso que sacudiría como un terremoto a toda Europa y a toda América. La Declaración de los Derechos del Hombre llenó de esperanzas a los esclavos… y de pánico a los esclavizadores. Los primeros comenzaron su presión para alcanzar sus derechos, los segundos iniciaron un movimiento cesecionista que les separara de París y sus peligrosas ideas.

Sin embargo, París apenas podía controlar sus propios arrables, y con problemas. La proclamación de los Derechos del Hombre tuvieron pocas repercusiones reales en un país que vivía sumergido en el caos. Mientras, en teoría, la esclavitud debía desaparecer, los barcos negreros franceses seguían trasportando personas secuestradas en África con rumbo a América… ¡Haciendo escala en Nantes y en Burdeos!, como antes de la Revolución.

Los gobiernos revolucionarios, apenas conseguían la obediencia de las provincias de la propia metropoli, no tenían medios de proyectar su autoridad sobre las lejanas colonias. Para ocultar su debilidad, apostaron por una política dilatoria, sin reafirmar ni prohibir la esclavitud, esperaban a ver lo que pasaba en Haití.

Y Haití era un polvorín apunto de estallar. Y estalló en agosto de 1791 con la revuelta del esclavo Boukman. Rápidamente, la revuelta se extendió por todo el país. La Asamblea Legislativa de París quería mantener las colonias tranquilas y decidió hacer una cesión proclamando la libertad de todos los mulatos, en un intento de unirlos a los blancos en la lucha contra los negros. Pero ya era tarde para las medias tintas. Sobretodo desde que el movimiento esclavo gozaba de la eficaz dirección de Toussaint Louverture, esclavo liberado hacía años que proclamaba la igualdad entre negros, mulatos y blancos.

En 1794, gobernando ya en París la Convención Nacional, se produjo por fin la tardía pero admirable identificación entre los revolucionarios y los esclavos rebeldes. Se proclamó el final de la esclavitud en todo el territorio de Francia y sus colonias, y Louverture fue ascendido al rango de general. Los ingleses, dentro de la lógica de las Guerras de Convención contra la Francia republicana, fomentaron los movimientos contrarevolucionarios de blancos y mulatos, que fracasaron estrepitosamente.

Pero… ¡poco dura la felicidad en casa del esclavo liberado! En Francia un tal general Bonaparte da un golpe de estado reaccionario y se dedica a reestablecer el Antiguo Régimen, al menos en lo que a la esclavitud se refiere. Louverture intenta resistir, pero Napoleón sí que controla toda Francia y una expedición militar enviada por él acabará apresándole y conduciéndole a la metrópoli, donde morirá.

Sin embargo, la restauración napoleónica durará menos en Haití todavía que en Europa. El 28 de septiembre de 1803 otro rebelde, Dessalines, proclamará la definitiva independencia de Haití. En 1805 Francia perderá en Trafalgar toda posible capacidad de respuesta marítima y , sin barcos, no podrá recuperar el control de Haití.

Después de derrotar a una potencia colonial, Francia, en 1822, los haitianos repiten la hazaña invadiendo Santo Domingo y liberándo la otra mitad de su isla de la esclavitud y del dominio español. Mientras tanto, el ejemplo de Haití sorprendía y esperanzaba a millones de personas oprimidas en toda América… mientras que alarmaba a miles de opresores.

Los ingleses, ante los amagos insurreccionales en Jamaica y Barbados, deciden adelantarse a los acontecimientos aboliendo la esclavitud. El ejemplo es seguido poco después en Guayana, en Surinam y en las colonias españolas y portuguesas.

Por el lado negativo, algunos negros triunfantes, decididos a vengarse de siglos de humillación, protagonizan algunas matanzas. Estas matanzas serán multiplicadas y exajeradas por los medios colonialistas (el número de personas blancas supuestamente asesinado en Haití es más del triple de la población original de la isla). Durante las décadas siguientes, el “terror” haitiano servirá para hablar sobre el supuesto salvajismo irracional de las razas africanas. Y el pánico a una revuelta “a la haitíana” será una de las principales bazas de los españoles y los portugueses en las guerras que lucharán por impedir las independencias latinoamericanas poco después.

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Así se forjó la anterior República

24 septiembre 08

Este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de gran trascendencia tal y como están las cosas; porque de mí depende si ha de quedar en España la monarquía borbónica o la república. […] Pero también puedo ser el rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y, finalmente, llevado a la frontera […]
Diario personal de Alfonso XIII (1902)

Como un viejo árbol podrido, la monarquía de 1930 sufrá serios problemas para sostener su propio peso. El peso de su pasado.

Ya en 1923: ante un régimen que había empujado a medio país al hambre buscando el enriquecimiento rápido; Los movimientos obreros amenazaba con la Revolución inmediata. Mientras, intelectuales de peso como Nin hablaban de organizar un partido bolchevique para asaltar el poder; Por si fuera poco, España sufre en Annual la mayor derrota de su historia militar en África, y parece clara responsabilidad directa del Rey.

El Rey Alfonso XIII, entre la espada y la pared, reacciona a la desesperada y organiza (o, como mínimo, incita) el golpe de estado del general Primo de Rivera. La enérgica mano del dictador mantendrá la monarquía una década más… a rebufo de la buena coyuntura económica internacional. Pero con el crack de Nueva York y la crisis que le sucederá, los grandes defectos del régimen quedarán claramente expuestos (particularmente su enorme ineficiencia y su omnipresente corrupción)

En enero de 1930, manoteando por no hundirse con él, el Rey decide deshacerse del general que le salvó siete años antes. Se trata de un desesperado intento por impedir que su caída le arrastre. Tras Primo de Rivera, y durante quince meses, probará con un nuevo general y con varios gobiernos de concentración que, en realidad no tendrán ninguna oportunidad.

Y es que la dictadura no sirvió para consolidar la monarquía como pretendía Alfonso XIII. Al contrario. La acción de Primo de Rivera destruyó gran parte del poder de los caciques que sostenían la “Democracia Parlamentaria” anterior, al quitarles su acceso al reparto de puestos. Y su brutal persecución del anarquismo permitió al socialismo hacerse con la mayoría del movimiento obrero. Gracias a ello, las fuerzas republicanas burguesas se organizaron y forjaron sólidas alianzas con los movimientos obreros. Ambos grupos se odiaban entre sí, pero odiaban más la dictadura y, por extensión, a la monarquía que la había amparado.

En agosto de 1930 se firmará el Pacto de San Sebastián, en el que las distintas fuerzas republicanas, las fuerzas nacionalistas catalanas y vascas, un socialista y varios ex-monárquicos decepcionados por la dictadura nombrarán todo un gobierno en la sombra.

La alianza entre las fuerzas republicanas y obreras sería demasiado poderosa como para ignorarla, especialmente desde que los principales intelectuales del país participan cada vez más activamente en la causa republicana (Unamuno, Machado, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset y otros).

En un primer momento, los monárquicos intentarán negociar con ellos para convocar unas elecciones generales que elijan un nuevo parlamento monárquico. Pero unas elecciones al estilo de la monarquía no podían satisfacer a la oposición. Durante todo el largo periodo conocido como la Restauración las elecciones se habían “cocinado” por el Ministro de Gobernación que, diputado arriba, diputado abajo era el que decidía quien iba a gobernar la próxima legislatura. El caciquismo y el pucherazo eran norma habitual en un país en el que muchas circunscripciones ni si quiera llegaban a votar.

Al contar con la oposición de una masa ten importante (y tan ruidosa) de la población, tuvieron que anularse unas elecciones que no iban a servir para legitimar nada. Así que el gobierno de la monarquía se decidió intentarlo con algo más modesto, unas elecciones municipales para el día 12 de abril. La oposición de pronto decidió cambiar de táctica y aceptó participar si se garantizaba la libertad de prensa durante las elecciones. El gobierno se vio obligado a aceptar estas condiciones y la oposición, a la práctica, transformó las elecciones municipales en una especie de referendum sobre monarquía o república.

Los partidos monárquicos, gracias a sus prácticas habituales de manejo de votos, consiguieron la mayoría. Pero en las ciudades, allí donde los sindicatos impidieron eficazmente las manipulaciones, la victoria fue aplastante para los republicanos.

Cuando se empezaron a conocer los resultados, Alfonso XIII se encontró con que dos de sus mejores amigos, el Conde  de Romanones y el médico Gregorio Marañón, le insistían en la necesidad de abandonar el país. El Rey realizó algunos contactos telefónicos con distintos representantes del ejército. Pero estos no le perdonaban la traición a Primo de Rivera, cuando no eran activamente republicanos. El general Mola, luego implicado en el golpe de estado que inicio la Guera Civil, le insistió en que debía dejar el país.

Mientras tanto, a sus espaldas, Romanones y Marañón estaban negociando el traspaso de poderes a Niceto Alcalá-Zamora, el que había sido designado como presidente de la República por el pacto de San Sebastián. El día 14 de abril, los miembros del gobierno clandestino que estaban en la carcel, salieron de ella sin orden oficial y los que estaban en el exilio regresaban. Los acontecimientos se precipitaban.

En las calles las gentes repetían y vitoreaban los nombres del gobierno del Pacto de San Sebastían, como si fueran nuevos dioses que fueran a salvarles de su miseria. La Marsellesa, y el Himno de Riego sonaban por todas partes (incluyendo los cuarteles militares). En Madrid, una multitud derribo la estatua de Isabel II y la arrastró hasta el convento de las Arrepentidas.

Mientras tanto, una multitud amenazadora se arremolinó frente al Palacio de Oriente, donde vivía la familia real. Docenas de miembros de las Juventudes Socialistas formarán un cordón humano para impedir a la gente entrar en el palacio. Esa misma noche del día 14 de abril, Alcalá-Zamora le indicará al Rey que debe abandonar el país porque el nuevo gobierno no podrá garantizar su seguridad.

Alfonso XIII decidido a impedir una guerra civil (que sin duda habría perdido), decide irse esa misma noche. No abdicó, nunca llegaría a hacerlo. Daba igual. La hora de la República había llegado.

El día 15, el Rey desde el extranjero rogó a sus seguidores que acataran la República y reconoció que esta había llegado por la voluntad popular. La iglesia pidió respeto a las nuevas autoridades. Los nacionalistas de Macià (que en un primer momento habían proclamado la República Catalana y habían invitado a la creación de otras repúblicas que se unieran en una Federación de Repúblicas Ibéricas) aceptaron echarse atrás y esperar a la redacción de la nueva constitución y los anarquistas declararon que la República burguesa no iba con ellos, pero que tampoco la atacarían. La victoria era absoluta.

Para grandes masas de españoles, la República fue recibida como el paraiso. Simbolizaba el final de todos los problemas y el inicio de un mundo perfecto. La decepción, lógicamente, resultaría amarga.

Poco después se realizaron las primeras elecciones auténticamente democráticas de la historia de España. En ellas, los partidos monárquicos que tradicionalmente acaparaban la inmensa mayoría de los escaños se vieron reducidos a una representación meramente testimonial. Ya no habría marcha atrás. Sería necesario el shock de una larga guerra civil, abundante material extranjero y una horrible campaña de terror para forzar al pueblo español a aceptar la muerte su República.


Pues claro que fue genocidio!

7 septiembre 08

Hoy voy a contar una historia que sucedió en un país lejano hace unos años, y sin ninguna relación con esta España nuestra, paradigma de la Democracia, la Convivencia y el Buen Rollito Esencial.

El país del que estoy hablando se llama Argentina y volvió a la Democracia tras siete años de cruel dictadura (nada que ver con España, que tuvo que aguantar 30 años). La dictadura se produjo contra un gobierno democrático que cayó tras un golpe de estado militar apoyado por un país democrático como EEUU (al contrario que España, en la que el golpe fracasó y la población en armas resistió durante tres años contra el potencial de países como la Alemania Nazi o la Italia Fascista).

Tras la caída de la dictadura, un gobierno democrático argentino apoyó la “Ley de Punto de Final” que impedía la investigación de los crímenes cometidos por los dictadores y su aparato de represión (en España, sin embargo, los miembros del gobierno dictatorial se aprobaron una “Ley de Amnistía” antes de las primeras elecciones). Gracias a ello, los antiguos jefes de policia y los principales oficiales implicados en el golpe, mantuvieron sus puestos (pero, al contrario que en España, ningún antiguo ministro se convirtió en líder de ningún partido político de importancia ni los hijos de los ministros de la dictadura llegaron nunca a ser ministros de la democracia).

26 años de democracia tuvieron que esperar los argentinos antes de ver a los primeros criminales de la dictadura sentados en el banquillo (algunos países llevan esperando ya más de 30 años). Miguel Osvaldo Etchecolatz, que había sido comisario de policia de la provincia de Buenos Aires, fue condenado en un juicio que como mínimo podríamos calificar de “raro”, incluyendo la desaparición de Jorge Julio López, un testigo clave que sufre el terrible record de ser la única persona argentina desaparecida dos veces (todavía no se sabe nada sobre él).

En el juicio “sólo” se pudo demostrar que Etchecolatz había cometido u ordenado seis homicidios, seis encarcelamientos ilegales y siete procesos de tortura de nada. Afortunadamente, esta mínima parte de sus crímenes fue suficiente para condenarle a cadena perpetua.

Naturalmente, el proceso no estuvo exento de polémica. Por si fuera poco con el secuestro de un testigo clave, se inició una poderosa campaña mediática por parte de la derecha que, básicamente, se basaba en afirmar que este juicio sólo serviría para “abrir viejas heridas” y para “desviar la atención de problemas más acuciantes”

Nada que ver con otros países como el nuestro, como podéis ver.

Por si fuera poco, el juez del caso, Carlos Rozanski, dijo que la condena no estaba a la altura del crimen cometido ya que, en interés de la “construcción de la memoria colectiva” habría que añadir que estos crímenes fueron cometidos “contra la Humanidad, en el contexto del genocidio que tuvo lugar en la República de Argentina entre 1976 y 1983”.

Para Rozanski, el genocidio se define por el intento de asesinar a un colectivo, y no a una serie de personas individuales. Y para ello, aunque reconoció que la Convención de Naciones Unidas sobre el Genocidio lo define como un “intento de destruir, en todo o en parte, un grupo nacional, étnico, religioso o racial” también señaló que en su primer borrador se incluía también a los grupos “políticos” pero que estos fueron eliminados por la presión de la URSS ya que, entonces, las purgas estalinistas también deberían ser consideradas “delitos contra la humanidad” (tal y como, efectivamente, debieran ser consideradas).

También citó Rozanski una sentencia de un tribunal español contra un torturador argentino y es que, en España (y a diferencia de Argentina), el código civil considera delito contra la humanidad la persecución de personas “por razón de la pertenencia de la víctima a un grupo colectivo perseguido por MOTIVOS POLÍTICOS, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos o de género[…]”

En estas circunstancias, y teniendo en cuenta que la cifra de desaparecidos, torturados y asesinados en España debió ser muy superior a la argentina. Y que la gran mayoría de estos crímenes se cometieron por motivos políticos (rojos, nacionalistas), religiosos (ateos) o de identidad sexual (homosexuales, lesbianas). No me queda más que preguntarme, dadas las grandes diferencias entre España y Argentina… ¿Cómo puede hacer uno para nacionalizarse argentino?