La intransigencia de Felipe II, la absurda ejecución del duque de Egmont y el inicio de las guerras de Flandes

flandes2

Eran los Paises Bajos, a principios de la Edad Moderna, un conjunto de territorios de gran complejidad política, repleto de juegos de alianzas y contrapesos entre nobles, eclesiásticos y burgueses.

Tras el breve reinado de Felipe I (el hermoso), su hijo heredó los Paises bajos con el título de Carlos II. Después acabaría heredando los reinos de Castilla y León y los reinos de Aragón con el título de Carlos I y, finalmente, el Sacro Imperio Románo-Germánico con el título de Carlos V.

Carlos II había crecido en Flandes y conocía bien los tejemanejes del Señorío y, aunque residió pocas veces en los mismos Paises Bajos, durante su reinado el territorio se mantuvo pacífico. Es posible que el Emperador se imaginara que, sin embargo, su hijo no sería capaz de comprender Flandes, porque en varias ocasiones intentó desligarlo de su herencia. Pero no pudo ser y Felipe II heredaría un Señorío demasiado complejo para una mentalidad autócrata.

Felipe II carecía de la cintura política de su padre y desde el principio intentó gobernar, desde Madrid, férreamente todo el territorio flamenco. Siendo, por si fuera poco, mucho más intolerante en cuestiones religiosas de lo que había sido su padre, impuso la Inquisición en Flandes con instrucciones de realizar su labor con especial dureza. El protestantismo se extendía por el norte de Flandes, y el afán del Rey por combatirlo fue tan desmedido que gran parte del clero le recriminó su dureza.

Los nobles estaban descontentos por su pérdida de poder, los protestantes estaban descontentos por la persecución que sufrían, los burgueses estaban descontentos por las cortapisas a su enriquecimiento. En 1566 una rebelión popular protestante mostró su enfado quemando y destruyendo imagenes católicas. Cuando la gobernadora Margarita de Austria pidió ayuda a la nobleza, esta se negó a apoyarla. Al final Margarita conseguiría devolver la paz al territorio, cediendo… Lo cual hizo que su hermano Felipe II decidiera destituirla y nombrar al Duque de Alba.

La noticia de que iba a llegar el Duque de Alba sembró temor entre muchos de los que se habían destacado en sus críticas a Felipe II. Pero no entre los condes de Egmont y Horn. Aunque habían sido bastante críticos con el gobierno de Margarita de Austria, eran católicos y habían demostrado en infinidad de ocasiones su fidelidad hacia Felipe II, y no creyeron estar en peligro.  Egmont en particular, había sido compañero de armas del Duque de Alba en San Quintín y Gravelinas ¿por qué iba a temer de él?

Ambos fueron ejecutados públicamente. Las órdenes del Rey eran claras y el Duque de Alba gobernaría con mano de hierro, ensangrentada, toda la provincia… llevándola a la rebelión abierta.

Guillermo de Orange, por su parte, calvinista y de lealtad mucho más dudosa hacia Felipe II, huyó antes de la llegada del Duque de Alba. Poco después dirigiría el inicio de la Guerra de los 80 años, la primera de las guerras que, durante 150 años, marcarían la política exterior de los hagsburgo y lastrarían su imperio.

3 respuestas a La intransigencia de Felipe II, la absurda ejecución del duque de Egmont y el inicio de las guerras de Flandes

  1. anti-leyendanegra dice:

    Muy poco trabajado tu artículo. Mucho de leyenda negra y poco de Historia. Lo siento.

  2. anti-leyendanegra dice:

    Pensaba no hacerlo, pero creo que un poco de retoque no vendría mal, para empezar, aunque el texto no lo salva ni Satanás.
    Veamos, Felipe de Habsburgo (a secas, porque ni era hermoso ni “reinó” en ninguna parte) fue duque de Borgoña y en calidad de tal recibió de su padre, el emperador Maximiliano I, parte de eso que se suele llamar “los Paises bajos”, a lo que su hijo Carlos de Gante (futuro Carlos V), como Duque de Borgoña, los heredó y amplió con Frisia, Utrecht y otros territorios. Este Carlos no fue nunca “de iure” rey de Castilla y León porque la única reina legítima era su madre, a la que encerró y maltrató hasta volverla loca.
    Flandes no era más que un señorío de tantos (diecisiete en total), como también Holanda, Zelanda, Artois o Brabante, donde estaba Bruselas, residencia preferida de Carlos, que residió bastantes más veces en esos territorios de lo que comúnmente se cree, hasta el punto que la abdicación tuvo lugar en esa ciudad.
    Afirmar que Felipe II (rey nuestro por suerte o desgracia) tenía una “mentalidad autócrata” es un absurdo prejuicio, pues sus contemporáneos europeos no le iban a la zaga, empezando por su propio padre, cuyo fanatismo cerril fue un factor clave en la división de los europeos por razones religiosas. Por otro lado, Felipe NUNCA gobernó de facto los territorios que ahora forman -más o menos- los estados de Bélgica, Holanda y parte de Francia, sino que lo hízo un regente, en este caso una “regenta”, primero la hermana, después la hija de Carlos V, secundada por nobles y ecelsiásticos locales, nunca españoles. Los pocos años en que Felipe residió allí tras su vuelta de Inglaterra fueron pacíficos y no se tiene constancia alguna de queja por parte de los neerlandeses, pues la Historia ha dejado claro que los problemas surgieron en la ausencia de Felipe.
    Es también exagerado afirmar que el protestantismo en ese momento estuviera extendido en los Países Bajos y que Felipe impusiera la Inquisición. Eso es Leyenda Negra pura y dura que los españoles -por complejo, esnobismo o ambas cosas- se han acabado creyendo. No es para nada Historia, y hay trabajos revisionistas, publicados en Holanda, GB o EEUU que refutan precisamente -ya era hora- ese estúpido estereotipo. Por otro lado, ya había tribunales inquisitoriales en esos territorios o provincias desde los tiempos de los duques de Borgoña, y fue Carlos V -al que no sé que despistado aún pretende mostrarnos como “moderno y tolerante”- el que creó el cargo de “inquisidor imperial” ocupado por eclesiásticos locales. Curiosamente hemos sido los españoles los que hemos llevado el sambenito de intolerantes, inquisidores y reaccionarios que hubiera merecido ese necio, deforme, fanático, parricida, estúpido y retrasado mental que fue Carlos de Gante, verdugo de Europa y maltratador de su propia madre.
    En lo único que acierta a medias este artículo es en el hecho que “los nobles estaban descontentos por su pérdida de poder”, aunque más bien fue su codicia la que les llevó a sus desplantes y pataletas. Por otra parte, los burgueses estaban más ricos que nunca, no así los españoles, saqueados por las huestes flamencas de los Habsburgo. Y la cuestión de la religión está bastante manipulada. En 1566 no hubo una “rebelión popular protestante” porque el protestantismo no era popular todavía. Más bien el pueblo se indignó por la destrucción de patrimonio e imágenes a manos de esos fanáticos calvinistas. Y los nobles locales hicieron el resto, utilizando la religión como excusa para exigir más prebendas.
    El período del Duque de Alba -que fueron muy pocos años, por cierto- es bastante controvertido, y cuando nos aproximemos a éste sin prejuicios veremos que la cosa no es tan unidimensional como nos han hecho creer los nacionalistas holandeses y anglosajones hispanófobos. Es cierto que Alba no fue un santo, pero Felipe II acabó destituyéndolo. Y Orange también ejecutó protestantes. La ejecución de Horn y Egmont no fue tan arbitraria. Tampoco esos dos elementos de cuidado, sanguinarios con sus propios compatriotas, merecen ser ensalzados. Su historia heroizada es producto del nacionalismo neerlandés y esconde muchas negruras.
    Otra corrección -de tantas es que Guillermo de Orange no era calvinista sino luterano, persiguió igualmente a los iconoclastas y estuvo lamiendo el culo -perdón- a Felipe II, con lo que su cacareada “nobleza” no fue más que un producto de su conveniencia. Para empezar ni siquiera era de esas tierras y sus juegos de poder fueron motivados por el oportunismo y también por el fanatismo religioso del que por ser protestante no se libraba, ni mucho menos.
    Resumiendo, que unos no fueron tan malos, y que los otros tan buenísimos y heróicos. Es curioso también cómo se olvidan algunas afrentas y se recuerdan otras. Pero así son los nacionalismos.

  3. anti-leyendanegra dice:

    “primero la hermana, después la hija de Carlos V,…”

    En realidad quise decir:

    primero la tía (Margarita), después la hermana (María) y después la hija (Margarita) de Carlos V.

    Por cierto, durante el gobierno de Maria de Habsburgo vaya si hubo revueltas en los Países Bajos…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: