La intransigencia de Felipe II, la absurda ejecución del duque de Egmont y el inicio de las guerras de Flandes

22 febrero 09

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Eran los Paises Bajos, a principios de la Edad Moderna, un conjunto de territorios de gran complejidad política, repleto de juegos de alianzas y contrapesos entre nobles, eclesiásticos y burgueses.

Tras el breve reinado de Felipe I (el hermoso), su hijo heredó los Paises bajos con el título de Carlos II. Después acabaría heredando los reinos de Castilla y León y los reinos de Aragón con el título de Carlos I y, finalmente, el Sacro Imperio Románo-Germánico con el título de Carlos V.

Carlos II había crecido en Flandes y conocía bien los tejemanejes del Señorío y, aunque residió pocas veces en los mismos Paises Bajos, durante su reinado el territorio se mantuvo pacífico. Es posible que el Emperador se imaginara que, sin embargo, su hijo no sería capaz de comprender Flandes, porque en varias ocasiones intentó desligarlo de su herencia. Pero no pudo ser y Felipe II heredaría un Señorío demasiado complejo para una mentalidad autócrata.

Felipe II carecía de la cintura política de su padre y desde el principio intentó gobernar, desde Madrid, férreamente todo el territorio flamenco. Siendo, por si fuera poco, mucho más intolerante en cuestiones religiosas de lo que había sido su padre, impuso la Inquisición en Flandes con instrucciones de realizar su labor con especial dureza. El protestantismo se extendía por el norte de Flandes, y el afán del Rey por combatirlo fue tan desmedido que gran parte del clero le recriminó su dureza.

Los nobles estaban descontentos por su pérdida de poder, los protestantes estaban descontentos por la persecución que sufrían, los burgueses estaban descontentos por las cortapisas a su enriquecimiento. En 1566 una rebelión popular protestante mostró su enfado quemando y destruyendo imagenes católicas. Cuando la gobernadora Margarita de Austria pidió ayuda a la nobleza, esta se negó a apoyarla. Al final Margarita conseguiría devolver la paz al territorio, cediendo… Lo cual hizo que su hermano Felipe II decidiera destituirla y nombrar al Duque de Alba.

La noticia de que iba a llegar el Duque de Alba sembró temor entre muchos de los que se habían destacado en sus críticas a Felipe II. Pero no entre los condes de Egmont y Horn. Aunque habían sido bastante críticos con el gobierno de Margarita de Austria, eran católicos y habían demostrado en infinidad de ocasiones su fidelidad hacia Felipe II, y no creyeron estar en peligro.  Egmont en particular, había sido compañero de armas del Duque de Alba en San Quintín y Gravelinas ¿por qué iba a temer de él?

Ambos fueron ejecutados públicamente. Las órdenes del Rey eran claras y el Duque de Alba gobernaría con mano de hierro, ensangrentada, toda la provincia… llevándola a la rebelión abierta.

Guillermo de Orange, por su parte, calvinista y de lealtad mucho más dudosa hacia Felipe II, huyó antes de la llegada del Duque de Alba. Poco después dirigiría el inicio de la Guerra de los 80 años, la primera de las guerras que, durante 150 años, marcarían la política exterior de los hagsburgo y lastrarían su imperio.

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La viruela y el Nuevo Mundo

28 julio 08

No se puede decir que las enfermedades infecciosas fueran desconocidas por los indígenas americanos antes de 1492, en particular tenían el disgusto de conocer la tuberculosis. Pero nunca habían estado espuestos a toda la pléyade de enfermedades que llevaban milenios afectando a europeos, africanos y asiático. Hanlo del sarampión, la peste, el cólera, la fiebre tifoidea, la difteria, la malaria, la escarlatina, la fiebre amarilla y, sobretodo, la viruela.

Claro, también hubo otras enfermedades propiamente americanas que afectaron a los invasores, como la sífilis, pero por las propias características de estas enfermedades, no fueron tan mortíferas.

Los contactos entre poblaciones lejanas suelen conllevar expansión de enfermedades para las que los nuevos grupos de población no tienen las defensas apropiadas. La viruela por su parte, es probablemente la enfermedad más mortífera a la que se ha enfrentado la humanidad, no en vano siempre se ha dicho que las guerras biológicas en el futuro se realizarían con mutaciones de esta enfermedad. Europa padeció grandes epidemias de viruela al menos desde el sV a de C.

Era de esperar que la llegada a América de la viruela, a bordo de los primeros europeos, desencadenara una pandemia sin precedentes.

CARIBE Y MÉXICO

De hecho, la primera epidemia de viruela es casi inmediata. Ya las islas del Caribe se vieron afectadas por la enfermedad, sin bien es dificil calcular cuantas personas murieron a causa de la viruela y cuantas por la desnutrición y los malos tratos.

Era 30 de junio de1520, una espedición de conquistadores españoles mandada por Hernán Cortés, se había visto obligada a retirarse luchando de Tenochtitlan, con grandes bajas. La expedición europea se encontraba desmoralizada, diezmada y aislada del resto de posesiones españolas en el Caribe, creo que generalmente no se tienen en cuenta lo realmente cerca que estuvieron de ser aniquilados.

Sin embargo, la respuesta de los aztecas fue lenta y caótica, dándole a los invasores el tiempo que necesitaban para reorganizarse. En parte, esto se debe a la mentalidad azteca, menos agresiva que la europea. Pero parte de culpa la tuvo también la epidemia de viruela que automáticamente se desencadenó sobre la capital del Imperio. Se calcula que en unos pocos meses, el 25% de los aztecas murieron a causa de la epidemia, la mayoría de ellos soldados (que, por motivos obvios, habían mantenido un contacto “más estrecho” con los invasores).

Indígena mexicano infectado de viruela,

ilustración de la época

Una de las características de la viruela es la de que, aquellos que sobreviven, suelen quedar debilitados de por vida. No sabemos el porcentaje de soldados debilitados por la viruela tuvieron que enfrentarse en las posteriores campañas contra los españoles, pero es probable que fuera elevado. No debemos menospreciar tampoco el factor moral, al fin y al cabo, muchos aztecas ya consideraban que los invasores eran en realidad dioses y la propagación de una epidemia tan atroz tras haberles infrigido su más severa derrota, sin duda debió ser tenido en cuenta.

LOS ANDES

La instalación de los españoles en las Antillas primero y en México después, así como sus expediciones exploratorias (y a la captura de esclavos) por toda la costa del Caribe servirá para provocar la expansión de la epidemia que, desde ese momento, siempre llegará antes que los conquistadores. Así, sabemos que una epidemia de viruela se extendió por la actual Colombia a finales de la década de 1520, desde allí alcanzó lo que hoy es Venezuela y el Imperio Inca donde, junto a la guerra civil que se estaba produciendo, en un par de años, podría haber matado a cerca de la mitad de la población. El terror que creo la viruela puede verse reflejado en algunas obras de cerámica de la época.

Niño infectado de viruela

ilustración de la época

NORTEAMÉRICA

Los españoles exploraron la costa de norteamérica, incluso por unos pocos años intentaron establecer una colonia en el lugar que hoy conocemos como Virginia. Sin embargo, las primeras epidemias de viruela en la región que conocemos están relacionadas con los colonos ingleses y franceses. Así, por ejemplo, los hurones podrían haber perdido la mitad de sus efectivos entre 1634 y 1640. Los iroqueses aprovecharon entonces su debilidad para borrar al pueblo hurón de la historia (salvo dos pequeños grupos que emigraron a Quebeq y a Oklahoma)… y después sufrieron a su vez los efectos de la enfermedad.

Son numerosos los testimonios sobre aldeas enteras destruidas por la viruela. Las epidemias se sucederían unas a otras y la enfermedad se volvería endémica apartir del sXVIII. Durante la guerra de independencia de los EEUU, Peter Kalm estimaría en 125.000 las personas muertas en un solo año, y hablaría de aldeas abandonadas donde los pocos supervivientes, debilitados por la enferemdad, debían huir en pleno invierno para al final ser devorados por los lobos. O de supervivientes que habían perdido a toda su familia y que, desfigurados por la enfermedad, decidían acabar con su vida.

Apartir de 1780, por lo menos, la enfermedad también era endémica de las grandes llanuras del interior de Norteamerica. Entre los indios mandan se dio el primer brote el 14 de julio de 1837, en agosto del mismo año, prácticamente los indios mandan habían dejado de existir. George Clating nos describe la muerte del jefe Four Bears:

“Este hombre de calidad estaba sentado en su wigwan, y veía a todos los miembros de su familia, a sus mujeres y a sus hijos pequeños, muertos a su alrededor… Cubrió los cadáveres con telas, luego salió y fue a sentarse en una colina […] decidido a dejarse morir. Al sexto día tuvo todavía suficientes fuerzas para volver a su tienda, echarse junto a los cadáveres, cubrirse con la manta y esperar la muerte, que le llegó al noveno día de su ayuno.”

Serían de los últimos grandes afectados. En 1832 el gobierno de los EEUU emprendió un programa de vacunación masiva y, apartir de ahí las epidemias serían progresivamente menos mortíferas.

RESPONSABILIDAD DE LOS EUROPEOS

Tradicionalmente, se ha disculpado a los europeos de estas tragedias ya que se ha considerado que estos no podían saber las consecuencias que su contacto tendría sobre los indígenas. Pero esto no es del todo cierto.

Por una parte, las grandes epidemias de la historia (y las de viruela en América no son una excepción) han tenido cierta tendencia a producirse en épocas de hambre. La enfermedad está ahí, agazapada, matando a unas pocas personas al año, pero sólo cuando se produce la hambruna es cuando la enfermedad de pronto empieza a crecer y se convierte en epidemia.

Y es innegable que la presencia de los europeos tuvo mucho que ver en el hecho de que las poblaciones amerindias sufrieran los efectos del hambre.

Por otra parte, no debemos olvidar el hecho de que los europeos generalmente se alegraban cada vez que surgía una epidemia, y de hecho las consideraban enviada por Dios. Algunas veces, incluso, se dio un paso más allá:

El general británico Amherstm, en Fort Pitt (en la actual Pennsylvania) ordenó en 1763 “propagar la viruela entre esa chusma”, a lo cual su subordinado. el coronel Henry Bouquet, respondió que ya lo había hecho por el procedimiento de regalarles o venderles mantas contaminadas. El método “de las mantas contaminadas” pudo ser un proceso bastante común, a juzgar por lo que nos cuentan las fuentes.

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Haití 1943, el inicio del genocidio


Haití 1493, el inicio del genocidio.

20 julio 08

A finales de 1493, Cristobal Colón llegó a “La Española” en lo que sería su segundo viaje hacia el Caribe. Al contrario del primero, esta vez no venía a explorar, sino a ocupar. El almirante mandaba una expedición con diecisiete navíos que trasportaban entre 1.200 y 1.500 soldados. Los españoles habían llegado para quedarse.

Una sorpresa aguardaba al almirante sin embargo, y es que la guarnición de 39 hombres que había dejado en su anterior viaje había sido aniquilada. Parece ser que el asesinato de algunos indios y la violación de muchas más indias habían obligado a reaccionar a los nativos. Colón aprendió rápido la lección y escribió: “Por muy fuertes razones que hayan dado a los indios para hacer lo que han hecho, nunca éstos habrían osado emprender algo que los dañase si los hubieran visto bien guardados.” El trato con los indígenas no debería basarse en la justicia, sino en la fuerza. Eran los primeros días del colonialismo en América (Portugal lo había iniciado un siglo antes en África). Durante los siguientes siglos la filosofía de la fuerza sería la que permitiría a los europeos dominar el planeta entero.

A la vez que Cristobal Colón está elaborando los principios básicos que permitirán el colonialismo mediante la fuerza, en la metrópoli se estaban elaborando las convenientes excusas ideológicas. Los españoles fueron al Caribe para cristianizar y civilizar a aquellas pobres almas… Anticipándose a la teoría sobre “la carga del hombre blanco” que, pobrecito él, se ve obligado a hacer esfuerzos sobrehumanos para mostrar la luz a los ciegos indígenas de todo el globo.

Con la biblia en una mano y la pólvora en la otra, los hombres que llegaron con Colón pusieron a los indígenas de Haití a trabajar duramente para alimentarles y para conseguir oro. Oficialmente, los indios eran súbditos de la corona, a la práctica recibieron un trato de esclavos. En su primer viaje, Colón había descrito a los habitantes de La Española como pacíficos y acojedores… después de mostrarles claramente cual era la verdadera intención de los españoles, empezaría a decir de ellos que eran pérfidos y traicioneros.

En verano de 1494 toda la isla está en guerra contra los invasores.

Cristobal Colón dirige la guerra utilizando todo tipo de bajezas destinadas a sembrar el terror, incluyendo el uso masivo de perros mastines entrenados para atacar a los humanos. En marzo de 1495 los indios son aplastados en la batalla de la Vega Real. Algunos defensores se refugian en las montañas, pero acaban siendo exterminados o rendidos por el hambre.

Los supervivientes son definitivamente esclavizados, mal alimentados y amenazados por enfermedades nuevas para ellos como la viruela. Por su parte, la llegada de más colonos castellanos no hará otra cosa más que agravar su situación (originalmente Cristobal Colón esperaba traer de Europa obreros y agricultores, pero se encontró con que al llegar al Nuevo Mundo nadie quería trabajar sino que preferían capturar indígenas que realizaran el trabajo por ellos).

Las cifras hablan por sí solas, se estima que Haití estaba poblada por 1.100.000 indígenas en 1492. El censo de 1507 habla de 60.000 personas y el realizado en 1.520 poco más de 1.000. Hoy no queda ninguno.

Lo sucedido en Haití no fue más que el prólogo de lo que después sufrirían las poblaciones de Puerto Rico, Cuba y el resto del Caribe. Un crimen contra la humanidad (otro más) que no es recordado en los libros de texto ni por el que existe, que yo sepa, ningún museo que sirva de recordatorio.

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El Quijote de Avellaneda

12 julio 08

Todo empezó cuando un tal Miguel de Cervantes, autor al que consideraban segundón, publica la primera parte de su famoso El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Hoy los especialistas consideran al Quijote como la obra cumbre de la literatura en lengua castellana, apesar de que casi nadie de la calle la ha leído. Curiosamente, en 1605 sucedió justo lo contrario. El Quijote fue recibido con frialdad entre los críticos, pero con entusiasmo por el vulgo que la convirtió rápidamente en un best-seller sin precedentes.

En unos pocos años, el libro de Cervantes conoció varias reimpresiones en infinidad de ciudades por toda Europa e Indias, se realizaron muy pronto traducciones a la mayoría de las lenguas europeas. Durante décadas, cada vez que una imprenta pasaba apuros económicos, editaba un Quijote y lo vendía como rosquillas.

Poco de ese dinero acabó en manos de Cervantes, que la situación de los derechos de autor era opuesta a la actual, pero estaba claro que el mundo literario no iba a quedar ajeno a un fenómeno de tales características. Como setas, y en varias lenguas, empezaron a surgir continuaciones de la obra de Cervantes. Una de ellas consiguió tanta fama que el mismo Cervantes se sintió con ganas de hacer referencias a ella en su segunda parte del Quijote. Me estoy refiriendo a la novela que fue firmada con el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda (pseudónimo de un autor desconocido)

El Quijote de Avellaneda no soporta ninguna comparación con el de Cervantes. Así que en la medida de lo posible, vamos a intentar no establecerlas. Únicamente destacar que el Quijote y, sobretodo, el Sancho de Avellaneda son personajes infinitamente más simples que los de Cervantes. Y es que Avellaneda no busca una grandes profundidades, tan solo pretende algo entretenido para pasar el rato y echarse unas risas a costa de la locura de uno y la simpleza del otro. Porque Quijote no sólo está loco, sino que además carece de la dignidad que le otorga Cervantes. Y Sancho no es que sea un hombre sencillo, es que es muy tonto. Cervantes había conseguido construir esa fina línea entre la simpleza y la estupidez, Avellaneda arrasa con todo sin ningún miramento. Al igual que el Sancho Panza que conocíamos, el escudero del que nos habla Avellaneda habla constantemente con refranes, pero ahora los cita incorrectamente y sin ningún sentido.

Y es que, en su empeño por ser divertido a toda costa, Avellaneda recurre a métodos a veces realmente torpes. Juegos de palabras infantiles, situaciones inverosimiles y el eterno recurso de acudir a Sancho Panza (verdadero protagonista de esta novela) para sacarle las castañas del fuego. He de reconocer, sin embargo, que algunos momentos son realmente divertidos, pero se ven empantanados por el aluvión de chistes malos que el autor se ve obligado a introducir cada párrafo.

La historia está bastante bien hilvanada. Diré incluso (en algo tenía que pasar) que mejor que la versión de Cervantes. No ya por errores fruto de las prisas como el tan famoso asno intermitente de Sancho Panza, sino porque realmente Avellaneda nos muestra una historia coherente con la primera parte del Quijote y repleta de giros interesantes y a veces sorprendentes, aunque el autor se vea obligado demasiado amenudo a recurrir a personajes poderosos que protejen a los protagonistas para poder reirse de ellos.

No hay duda de que el Quijote de Avellaneda es un libro facilón y superficial pero en su defensa, lo cierto es que tampoco ha pretendido nunca ser otra cosa.

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Lucrecia de León, una soñadora contra Felipe II

12 abril 07

Me resulta maravillosa la forma como, incluso en las condiciones más hostiles, siempre existen personas capaces de superar los obstaculos y participar en la vida política por vías no convencionales. Es el ejemplo que nos ocupa.

Lucrecia de León; analfabeta, plebeya y mujer, difícilmente podría pintar nada en la España del imperio en el que no se ponía el Sol. Hija de un mercader, no se esperaba de ella más que el encontrar un buen casamiento y es por ello que nunca llegó a aprender a leer. Sin embargo, la muchacha era inteligente y despierta, y desde pequeñita se empapó de las ideas políticas de su padre, al cual no le hacían gracia las políticas imperialistas de Felipe II. No es de extrañar si tenemos en cuenta que su demencial política estaba destruyendo el comercio y la industria castellana.

Con dieciseis años, Lucrecia tendría la oportunidad de conocer en persona al mismo rey-emperador y a su pequeño hijo, el futuro Felipe III. Entró al servicio de una dama de la corte, y tuvo la oportunidad de conocer a las grandes personalidades del momento, aunque fuera desde la distancia que debe mediar entre un sirviente y un alto personaje. De esta forma, sirviéndoles, desarrolló un mayor odio hacia la monarquía y hacia todo el conjunto de poderosos nobles que vivían en el despilfarro mientras la miseria se adueñaba de los territorios que gobernaban.

En algún momento de su adolescencia, Lucrecia comenzó a tener sueños profeticos. O a afirmar que los tenía. Su padre, hombre de mundo, no quería problemas con la Inquisición y le prohibió a su hija tener ningún tipo de sueño ni, mucho menos, hacerlos públicos. Pero la hija no le hizo caso y su fama fue creciendo y creciendo. En aquellos tiempos, que Dios se apareciera ante una doncella joven y virtuosa y le declarara parte del futuro, era algo totalmente verosimil y digno de crédito.

Pero sus sueños no eran sueños ordinarios, eran sueños relativos al futuro de las Españas. Y pronto se vio atraído por él un curioso personaje que tendría gran importancia para Lucrecia. Se trataba de Alonso de Mendoza, canónigo de la catedral de Toledo y miembro de una familia de Grandes de Castilla.

Alonso de Mendoza pertenecía al grupo de nobles que se oponían a las grandes aventuras extranjeras en que los Austrias habían introducido a Castilla y todo aquello que pudiera ser usado contra el Rey llamaba su atención. Dada su posición, le fue fácil arreglarlo para convertirse en el confesor de la doncella y durante tres años registró diariamente sus sueños junto a un ayudante.

Se conservan todavía las anotaciones que realizó Alonso de Mendoza de aquellos sueños, y sin duda sorprende mucho la cantidad de ellos y su longitud. Sólo en marzo de 1588 Lucrecia afirmó haber tenido 39 sueños de caracter profético. Y en enero del mismo años, 35. Alonso afirmaba creer en la inspiración divina de los sueños y que él tan sólo era el transcriptor. Lucrecia por su parte, decía que ella tan solo soñaba, y que no entendía sus sueños. Nunca sabremos exactamente que porcentaje de creación de los sueños tenía cada uno. Es posible que ninguno se creyera nada, sino que ambos vieran la forma ideal de aprovecharse del otro para conseguir mayor peso político.

Los sueños de Lucrecia empezarían a llamar la atención de grandes personalidades de la Corte, especialmente desde que predijo con un año de antelación la destrucción de la Armada Invencible.

Los cercanos al rey, por su parte, empezarían a preocuparse cuando empezaron a aparecer sueños como el del 2 de marzo de 1588: Felipe II, dormido en su silla, tiene una placa en la mano derecha donde se lee “el descuido”. Los insectos entran y salen de su boca. En la frente está escrito “corto ha quedado en la fe”. Su mano izquierda sujeta otra placa “cobdicia”. En el pie otra que dice “largo en seguir pasos de bestia” y sobre la cabeza “variedad te lleva a lo hondo”. Poco después soñaría a Felipe II como Don Rodrigo, el rey visigodo que fue derrotado por los musulmanes en 711. Y tendría sueños en los que las Españas fueran destruidas por sus enemigos y el mismo Sultán Turco entrara en Madrid con un ejército a lomos de rinocerontes, castigo enviado por Dios a causa de la impiedad del Rey.

En una sociedad supersticiosa, donde mucha gente creía que los sueños de Lucrecia eran propiciados por el mismo Dios, sólo era cuestión de tiempo que la Inquisición interviniera.

El juicio fue largo y repleto de irregularidades, lo cual demuestra el apoyo que había llegado a alcanzar Lucrecia en la corte. Pero no era Felipe II un rey que se andara con tonterías y el inquisidor encargado del caso se vio obligado a dimitir cuando daba muestras de pretender absolverla.

Con unos nuevos inquisidores totalmente hostiles hacia ella, Lucrecia se mantuvo firme en que los sueños los había tenido y no los había inventado. Y que ella tan sólo era una inocente doncella que ni si quiera los comprendía. Mantuvo esta postura incluso bajo tormento, y únicamente reconoció que los monjes que habían transcrito sus sueños podrían haber aportado algo de su parte.

Estos a su vez alegaban que tan sólo recogían lo que ella decía, con la intención de dejarlo a las autoridades competentes para que estudiaran si eran sueños ciertos o falsos.

Hubo división entre los inquisidores, sobre si la culpa era de unos o de otros y al final Lucrecia fue castigada a cien azotes (suaves), dos años de confinamiento en un convento y exilio permanente de Madrid. Es una pena increiblemente suave, teniendo en cuenta que el mismisimo Felipe II iba contra ella. Una señal del sorprendente apoyo que había conseguido Lucrecia en la Corte.

Cuando Lucrecia sale de Madrid, sale también de la historia, y no sabemos que pudo ser de ella. Se ha aventurado que podría haber entrado al servicio de alguna casa noble amiga de alguno de sus valedores.

Todavía hoy, se discute la autenticidad de los sueños de Lucrecia. Sus pretensiones de ser una inocente doncella que nada sabía de lo que soñaba se contradice con lo que cuentan sus íntimos, que la describen como mujer despierta, sumamente inteligente, y que parecía meditar cada palabra que salía por su boca. Por otra parte, sus sueños parecen tremendamente verosímiles y hay quien ha mostrado serias explicaciones psicológicas (el Felipe II de sus sueños podría ser la extrapolación del padre de Lucrecia, hombre autoritario). Es posible que un poco de todo hubiera, que Lucrecia se inspirara en sueños reales y que sus transcriptores incluyeran también su propia cosecha. Pero también es posible que los sueños fueran auténticos y tan sólo el reflejo de una mentalidad sumamente imaginativa y cargada con el profundo odio hacia el Rey que le habían inculcado primero su padre y después sus consejeros.

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Mary Wollstonecraft y Percy Shelley, la libertad política y sexual.

10 abril 07

“Toda política llevada al extremo debe ser producto de la maldad.”

Mary Wollstonecraft .

“La riqueza es un poder usurpado por la minoría para obligar a la mayoría a trabajar en su provecho.”

Percy Shelley

Tras la derrota de Napoleón, se desató por toda Europa una corriente reaccionaria sólo comparable a la que vivimos en la actualidad tras la caída de la URSS. Un Borbón se sentaba otra vez en el trono de París, el pueblo español gritaba “¡Vivan las cadenas!”, en Rusia se quemaban los libros de la Ilustración… Malos tiempos para librepensadores como Wollstonecraft y Shelly.

Ambos protagonistas de este artículo produjeron grandes obras literarias y políticas, pero hoy nos interesa más su vida. Porque poca gente ha llevado a la práctica de una forma tan clara sus ideales de libertad en su vida privada.

Mary Wollstonecraft fue la hija del filósofo anarquista William Godwin y de Mary Wollstonecraft , escritora femninista que nunca aceptó cambiar su apellido de soltera. La madre murió al poco de dar a luz a su hija y William volvió a casarse poco después, teniendo otra hija llamada Claire Clairmont.

DEMOCRATA, ATEO Y AMANTE DE LA HUMANIDAD

Percy Shelley se definía como “demócrata, ateo y amante de la Humanidad”. Fue poeta romántico y revolucionario, valga la redundancia.

Hijo de una familia poderosa, fue expulsado de la Universidad de Oxford por divulgar un provocativo panfleto titulado “La necesidad del ateísmo” y se fugó a Edimburgo con la hija de un tabernero. Una vez su familia había renunciado a él, y por lo tanto quedándosele vedadas las vías legales para acceder al parlamento, viajó a Irlanda y Gales intentando difundir ideas de libertad y contra la opresión inglesa. Tras su fracaso, rompió su matrimonio con la hija del tabernero y entró en contacto con Godwin y así conoció a su hija de 16 años, Mary.

Se dice que Percy en el fondo estaba enamorado de la difunta madre de Mary, desde que leyó sus escritos feministas. Para Mary, por su parte, fue fácil enamorarse de aquel poeta repleto de vitalidad y de energía.

Godwin consiguió refrenar las ansias de Shelley y le convenció para que se dedicara más a la teoría y menos a la práctica, afirmaba que no era el momento. Y tenía razón. Pero Shelley era persona impulsiva y tardó poco en aburrirse de su nueva situación, un día convenció a Mary para que se fuera con él, y su hermanastra Claire se apuntó a la aventura. Apesar de las protestas de Godwin, los tres se marcharon a Francia. Fueron años difíciles en los que vivieron serios aprietos financieros, Shelley tuvo que pedir pedir prestado utilizando su futura herencia como garantía.

EL VERANO SUIZO

Dos años después, en 1816, un recientemente separado Lord Byron (con gran escándalo) se unió a ellos en Ginebra. Existen infinidad de leyendas sobre lo que sucediera en aquella casa, se llego a decir que ambos poetas prostituían a las chicas y que Shelley había llegado a comprar sus hijas a Godwin. Sin duda esto no es más que ridiculeces de los enemigos de la libertad sexual, siempre dados a sacar las cosas de quicio.

Pero es innegable que la relación que había entre ellos era bastante liberal. Tanto Percy como Mary tuvieron hijos fuera de su matrimonio, Claire por su parte tuvo un hijo de Lord Byron y Percy habló de algo a lo que llamó “placer compartido” relacionado con él, su mujer y su nuera. Por si fuera poco para animar la leyenda, algunos amigos de Percy dirían que este les había animado a seducir a su esposa.

Mary Wollstonecraft a la izquierda, Percy Shelley en el centro y a la derecha Claire Clairmont.

Pero del tiempo que pasaron en Ginebra salieron mucho más que intensas relaciones sexuales. Se cuenta que una apuesta entre Percy y Lord Byron le dió a Mary la idea para escribir Frankenstein y a Pollidori (criado de Byron) la idea de su famoso Vampiro.

Tras aquel fructífero verano suizo, los tres volvieron a Inglaterra con la intención de estabilizarse un poco. Pero allí se encontraron dos trágicos suicidios. El de la hermanastra de Mary, Fanny Godwin (hija ilegítima de su madre y a la que Godwin había acogido como hija propia) y Harriet Westbrook, la hija del posadero primera mujer de Shelley que jamás le había perdonado que se fuera con Mary.

Ambas muertes deprimieron profundamente a la pareja que además se veían acosados por las deudas. Por si fuera poco, un tribunal inglés le quitó a Shelly la custodia de los hijos que había tenido con Harriet a causa de su ateísmo y ambos tenían miedo de que les quitaran también a su único hijo juntos. Era el momento de volver a huir.

ITALIA

En Venecia se volvieron a encontrar con Byron, al que le hicieron entrega de su hijo con Claire (el lord se había comprometido a criarlo y su madre tenía esperanza de que le reconociera como primogénito). Tres meses más tarde, en Nápoles, nacería una niña que sería registrada como hija de Percy y Mary, si bien las malas lenguas afirman que si bien Percy era el padre, Claire era la madre. Los tres lo negaron, pero existen evidencias que podrían indicar lo contrario.

Después de haber pasado hambre, de haber sido perseguidos legalmente, en junio de 1819 se produjo una desgracia que la pareja no pudo soportar. La muerte de su hijo William acabará provocando su crisis definitiva. Mary entonces huyó del hombre con el que había vivido casi toda su vida de adulta, y Percy se sumió en la desesperación componiendo algunas de sus obras más bellas.

Tan sólo un año después, a la edad de 30 años, Percy Shelley moría víctima de un naufragio. Mary se dedicó desde entonces a organizar y publicar las innumerables notas y escritos de su marido. Y de su propia inventiva escribió varias novelas, entre las que, lógicamente, destaca Frankenstein, la obra cumbre del romanticismo británico.

Frankenstein es conocido por el gran público a causa principalmente del cine, que lo ha simplificado y convertido en una mera historia de terror. Pero la novela es mucho más que eso, es una profunda reflexión sobre la identidad humana y sobre sus límites.

Ambos habían vivido como buenos poetas románticos, lo cual tiene especial mérito para Mary, una mujer en un mundo en el que las feministas no eran combatidas políticamente… sino internadas en manicomios.

Fracasó Mary, sin embargo, en la lucha de su madre. Mary Wollstonecraft es hoy recordada como Mary Shelley o, a veces, como Mary W. Shelley.

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El Rey Arturo de los ashanti

8 abril 07

¡Aquí estás!

Osei Tutu, historias tuyas oigo sin cesar

¡Cuán famoso eres! tantas son tus leyendas

como las hojas

de tres árboles enteros.

Oigo sin cesar cuentos sobre ti;

sólo me impediría escucharlos la muerte.

Al oírlos, se oye la tensión del combate,

la energía del valor,

la escala de la grandeza[…]

Estos versos tan sólo son los primeros de una de las numerosísimas composiciones épicas que los ancianos ashanti recitan de memoria. Si los ashanti fueran un pueblo europeo, su cruel y despiadado imperio sería conocido por todos. Pero son africanos.

Lo que sabemos de los ashanti comienza en torno al sXII cuando se asentaron en la cuenca del río Volta, en las selvas que se encuentran entre la Costa de Oro y las sabanas que se abren a las rutas comerciales del Níger al sur y la legendaria Tombuctú al norte. Formaban parte de un pueblo más grande denominado Akan que por entonces se dividió entre los que se quedaron allí y los fanti que siguieron emigrando hacia la costa.

Los ashanti se organizaron en ciudades-estado que guerreaban entre sí sin que ninguna pudiera imponerse sobre las demás, si bien dos de ellas consiguieron una cierta hegemonía, obligando a las demás a convertirse en vasallas de una o de la otra.

Y en esas estaban cuando, desde finales del sXV, sus primos de la costa empezaron a comerciar con unas extrañas criaturas de piel pálida que llegaban en enormes casas flotantes y que estaban obsesionadas por el oro. La tierra de los ashanti estaba repleta de minas de oro y los recién llegados venían con extraños artilugios que maravillaban a los ashanti. El comercio, con los fanti como intermediarios, no tardó en organizarse provechosamente para todas las partes.

Pero apartir de mediados del sXVI los europeos empezaron a querer algo más que oro. El comercio de esclavos se convirtió en algo mucho más rentable y no dudaron en entregar armamento moderno a los fanti a cambio de su cruel mercancia.

Los fanti empezaron a realizar expediciones cada vez más atrevidas, y no tardaron en atemorizar a los ashanti que se veían incapaces de defenderse. Los fanti llegaban con lanzas que escupían fuego y que rompían a los escudos más poderosos, y se llevaban a los ashanti a un lugar del que jamás regresaban… El terror se extendió por el corazón de los ashanti.

Los tiempos desesperados se caracterizan por servir para convertir a personas comunes o incluso mediocres en héroes, Wiston Churchill podría ser un ejemplo cercano. Los ashanti tuvieron su héroe. Desde Asafo, una de las ciudades-estado menos importantes, Osei Tutu se levantó contra ashanti y fanti por igual.

Sorpresivamente, consiguió matar al poderoso rey de Denkira y en poco tiempo creará una confederación ashanti que aglutinará a todo su pueblo contra los fanti. Era Osei Tutu un guerrero legendario, cuando su brazo caía, las cabezas rodaban. Cuando su brazo se alzaba, el terror se apoderaba de sus enemigos. En una ocasión clavó una espada y dijo “¡aquí se fundará Kumasi, la capital de todos los ashanti!” y la clavó tan firmemente que todavía hoy los orgullosos ashanti muestran la empuñadura en el suelo. En una ocasión reunió a todos los jefes y reyes de los ashanti al pie de un gran árbol y estos pudieron ver como el cielo se enfureció, los truenos resonaron por todas partes y el viento encolerizado les llenó de polvo. Una banqueta dorada, cubierta de oro bajó del cielo y se convirtió en el asiento de Osei Tutu. Nadie jamás le puso en duda en vida, y cuando murió su respeto era tanto que ningún otro ashante volvió a sentarse jamás en su banqueta. De hecho todavía hoy es colocada la banqueta en un trono propio, al lado del trono en el que se sienta el rey de los ashanti.

[…]Su poder puede anular los presagios de los sacerdotes;

captura a los sacerdotes y les arrebata sus campanillas.[…]

Poema ashanti que describe como es un buen rey

El actual rey de los ashanti, junto al trono que soporta la banqueta dorada de Osei Tutu

Más allá del mito, Osei Tutu debió aprovechar la desesperación de sus compatriotas para que estos aceptaran la unión. Con la fuerza de todos los ashanti consiguió derrotar a los fanti y con la colaboración del mago Anokye, especie de mago Merlín Ashanti, organizó desde la nada todo un aparato imperial. El Imperio Ashanti manifiesta la originalidad (en África) de ser un Imperio profundamente civil en el que los poderes religiosos siempre estuvieron supeditados. El estado era lo principal para los ashanti, y así lo fue durante siglos.

Dame la salud y la fuerza,

y dale también la salud al rey,

y al pueblo,

y a las mujeres,

y a los extranjeros establecidos en la ciudad.

Que puedan las mujeres llevar hijos y los hombres

acumular riquezas.

Si alguien le desea mal a la ciudad,

que ese mal recaiga sobre él mismo.

Oración ashanti.

Se creo un sistema de funcionarios imperiales que gobernaron el Imperio. La sucesión recogió la herencia matrilineal de los ashanti, siendo la madre del rey (o su hermana, en su defecto) la que decidía el nombre del sucesor.

Pero poco duró la decepción para los europeos. Si los ashanti habían demostrado ser demasiado buenos guerreros como para ser esclavizados, habría que utilizarlos como esclavizadores. Y los europeos tenían con qué pagar bien sus servicios. El Imperio Ashanti empezó a rebuscar formas de conseguir esclavos.

ashant1.jpg

Los ashanti ya conocían la esclavitud temporal por deudas, pero para satisfacer las demandas europeas comenzaron a endurecer sus leyes, conmutando las penas de muerte por la de esclavitud (y multiplicando los delitos que conllevaban pena de muerte). En su afán por no detener nunca el flujo de esclavos, los reyes llegaron a provocar sublevaciones en sus propios territorios para luego obtener gran cantidad de esclavos al sofocarlos. Todo una ironía para una Confederación que fue creada para evitar que los ashanti fueran esclavizados.

Pero la principal fuente de esclavos para los ashanti provino de las continuas guerras que mantuvieron con sus vecinos, guerras provocadas por un mero afán esclavista. Con los fanti de intermediarios, los europeos proporcionaron a los ashanti gran cantidad de armamento moderno para facilitarles su tarea. Los perseguidos se habían convertido en perseguidores.

La presencia de los fanti fue siempre enojosa para los ashanti, que hubieran preferido tratar con los europeos directamente sin intermediarios. Pero los europeos, en el fondo, le tenían miedo a los ashanti y, desde luego, no querían un imperio organizado en contacto con sus fuertes y colonias. Así que no estaban dispuestos a permitir que los fantis fueran conquistados.

Hasta que las guerras napoleónicas dio a los europeos algo más importante en que pensar. La coyuntura fue aprovechada por el rey Tutu Kwamina (más conocido como Osei Bonsu) que le dio al Imperio su máxima extensión al conquistar e incorporar al imperio a los fanti. Los europeos desde entonces se vieron obligados a tratar con ellos directamente, y el gobierno británico llegó a enviar un embajador a Kumasi, Thomas Bowdich se convertiría en el primer europeo en pisar la capital de los ashanti.

Pero el Imperio Ashanti había alcanzado su cima. Los británicos estaban dispuestos a acabar con el inhumano comercio de esclavos y desde el 1807 se dio la orden a su armada de perseguir los barcos negreros en todos los mares. Apartir de 1815 la orden se convirtió en efectiva al poder regresar la flota inglesa a la Costa de Oro tras sus campañas europeas.

El cese del comercio de esclavos arruinó a la economía ashanti, que tampoco podía apoyarse en unas minas de oro cada día más exhaustas. Pero todavía eran un imperio considerable, Osei Bonsu viviría su último momento de gloria al derrotar una expedición británica que pretendía expulsarles de la costa en 1824. El rey ashanti bebería en una copa formada con el cráneo del gobernador británico McCarthy.

Escena de mercado en Kumasi

Osei Bonsu murió poco después, librándose por lo tanto de ver la derrota que sufriría su sucesor apenas dos años después. Desde entonces y por cincuenta años, la frontera se estabilizará quedando la costa en manos británicas.

El rey Kofi Karikari (1867-1874) intenta recuperar la grandeza de su decadente imperio reconquistando parte de la costa, pero la respuesta británica será muy dura y los ingleses llegarán a conquistar y saquear Kumasi. Desde entonces las obras de arte ashanti se venderán por Europa. El duro tributo impuesto por los ingleses obligará a Kofi Karikari a saquear las tumbas de sus antepasados, provocando una sublevación que acabará con su vida y que iniciará una etapa de inestabilidad hasta que en 1888 Kwaku Dua III, con apoyo británico, se asentará en el trono. Kwaku Dua III tras un postrer intento por librarse del protectorado británico, será también depuesto en 1896 y la Confederación Ashanti se declarará oficialmente extinguida y la familia real será deportada a las islas Seychelles.

Todavía habrá, sin embargo, un último episodio de rebeldía bélica ashanti. En 1900 el gobernador británico comete la terrible blasfemia de sentarse sobre el trono de Osei Tutu y en tres días la noticia (y la revuelta) se ha extendido entre todos los ashantis. Un año necesitarán los ingleses para volver a derrotarles. Pero el trono habrá desaparecido sin dejar rastro, y ninguna pesquisa británica servirá para descubrir su paradero.

La banqueta dorada de los ashanti, desaparecida durante 35 años

En 1935, los británicos permiten el regreso de la familia real ashanti y Sir Agyeman Prempeh II es coronado rey. El título de “Sir” lo dice todo sobre su docilidad. Para la ocasión, sorpresivamente, el trono de Osei Tutu volvió a aparecer de donde fuera que los ashanti lo hubieran escondido. Con todas sus piezas de oro en su sitio.

En la actual Ghana, el rey de los ashanti no tiene ningún poder real, pero su voz sigue siendo tomada en consideración y con respeto por parte de los ashanti.

Osei Tutu, historias tuyas oigo sin cesar[…]

¡Oh, arco iris, que te curvas

sobre el cuello de las naciones!

Todos los pueblos hablan de Osei Tutu […]

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